Por todos mis compañeros

Hoy, cuando no hay más remedio que seguir dando vueltas, aunque el cuerpo te pida que bajes de la noria, no he podido remediar acordarme de todos vosotros

Alberto Román
ALBERTO ROMÁNÚbeda

Cuando lloras con alguien se crea un vínculo, o se refuerza si ya existía. No me refiero a que te vean llorar, que ya de por sí te desnuda un poco el alma, te muestra vulnerable. Sino a cuando compartes con otros lágrimas y el hecho que las hace brotar. Con ellas surge una unión mucho más fuerte que la que genera la risa. Porque reír, te puedes reír con cualquiera. Pero llorar, no. Para eso hay que tener un motivo común que se agarra mucho más hondo.

Llorar es quizá lo más arraigado y primigenio que hay en nosotros. Es lo primero que hacemos al llegar a este mundo. «Nadie nace riendo», recordaba Marcos Mundstok hace unas horas al recoger el Premio Príncipe de Asturias entregado a Les Luthiers. Llanto traemos en la llegada y llanto dejamos cuando marchamos. Y quizá por eso las lágrimas, al igual que tejen nudos en la garganta, sirven para anudar vínculos entre quienes las comparten.

En estos días nos ha tocado llorar por una compañera que se ha ido demasiado pronto, sin avisar. Aunque Mari Tere significaba mucho para muchos, permitidme que hoy piense en la gente de la prensa local que, a traición, hemos recibido una bofetada de esa realidad a la que creíamos estar acostumbrados por mirarla día a día de frente, cara a cara, para plasmarla en nuestras informaciones.

De nada ha servido intentar mantener la compostura, evitar la voz temblorosa y frenar las lágrimas. Porque en estas cosas no manda la mente, cuadriculada y previsible. En estas cosas manda el corazón, al que le gusta jugar a ser todo lo contrario. Y, pese a todo lo malo y lo triste, pese a todo lo descorazonador que es perder a una compañera, a una amiga, tengo que decir que ha sido reconfortante llorar con Laura, y con Victoria, y con Rubén, y con Juan Ángel, Paco, Pablo y José Luis, y con Paula, Juanjo y todos los demás.

Hoy, cuando lo malo de la despedida ha pasado pero viene lo peor que es la ausencia, cuando no hay más remedio que mirar hacia adelante y seguir dando vueltas, aunque el cuerpo sienta vértigo y te pida que bajes de la noria, no he podido remediar acordarme de todos vosotros, porque las lágrimas, como el agua sobre la tierra arcillosa, han creado una masa más compacta, con menos grietas.

Ahora toca secar esas lágrimas. Y currar, compañeros. Porque hay noticias que redactar, historias que contar, entrevistados que entrevistar, fotos que hacer, tertulianos a los que moderar y notas de prensa que vender. Porque da igual que sea domingo, o lunes, o Navidad o Viernes Santo. Porque sabemos estar a las duras y a las maduras. Porque quienes están al otro lado de los micrófonos, de los objetivos y los cables, de las pantallas de televisión, de ordenador o de móvil, así lo esperan de vosotros, de nosotros. Y porque, ¡que carajo! no sabemos (ni debemos) hacer otra cosa.

Muera la muerte y viva la información local y quienes de ella hacen un digno oficio, algo que Mari Tere siempre llevó a gala. Nos vemos, nos escuchamos, nos leemos.

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