San Lorenzo, un mar interior

Foraminífero bentónico hallado en el sustrato de San Lorenzo.
Foraminífero bentónico hallado en el sustrato de San Lorenzo. / Centro de Instrumentación Científica UGR

Una muestra de arcilla obtenida en una de las criptas de la iglesia de San Lorenzo revela la existencia de un fascinante mundo marino microscópico

Alberto Román
ALBERTO ROMÁNÚbeda

Hace ocho millones de años el agua del mar anegaba lo que ahora es la cuenca del Guadalquivir. Un enorme espacio, parecido a un mar interior, en el que proliferaban las especies marinas de aquella época. Extrañas criaturas la mayoría de ellas, gigantes algunas y otras de tamaño diminuto, solo apreciables con las potentes lentes de un microscopio.

El reciente trabajo realizado a partir de una muestra de arcilla tomada en San Lorenzo, ha facilitado la fantástica oportunidad de conocer a varios de estos inquietantes e invisibles seres vivos, hallados y fotografiados a gran escala por Isabel Sánchez Almazo, doctora en Ciencias Geológicas por el departamento de Paleontología de la Universidad de Granada.

La muestra analizada ha sido extraída por la especialista en una de las criptas del templo. En concreto, en la que se halla situada bajo el coro y que, se presume, era el lugar de enterramiento de los abades de la parroquia. Esta bóveda subterránea presenta niveles de humedad superiores a los del resto de criptas descubiertas en la iglesia de San Lorenzo a consecuencia de los trabajos arqueológicos llevados a cabo entre los años 2014 y 2015 por la Fundación Huerta de San Antonio. Los altos niveles de humedad se deben a la existencia de capas de greda o arcilla de color blanquecino muy porosa e impermeable, las cuales absorben el agua de infiltración y la dejan escapar muy lentamente.

Esta composición del terreno es la misma que hace posible el afloramiento de numerosos manantiales en la cornisa sur de la ciudad de Úbeda: Fuente de las Risas, pilar de la Puerta de Granada, Saludeja, Fuente Seca o la Fuente de la Higueruela.

El alto espolón rocoso que se alza en estas latitudes, muy rico en carbonatos, está horadado por numerosos regatos y corrientes de agua que, en la antigüedad, fueron mucho más numerosos y abundantes, y que también dejaron su huella en San Lorenzo. Según la doctora en geología, el permanente flujo del agua a través de las pequeñas diaclasas, o fracturas del sustrato rocoso de la iglesia, provocó la formación de canales y surcos profundos que recorren gran parte del subsuelo y que pueden apreciarse en la actualidad gracias, también, a las catas arqueológicas.

Por tanto, puede decirse que el sustrato geológico sobre el que se asienta San Lorenzo tiene una composición similar al de la cripta mencionada anteriormente, y que está formado por niveles rocosos cementados (calcarenitas) y otros más blandos (margocalizas), dispuestos de forma alterna. Todos estos materiales son sedimentos que pertenecen al Mioceno superior, un periodo en el que Úbeda formaba parte de una cuenca marina que ocupaba un territorio parecido al que hoy ocupa la actual cuenca hidrográfica del Guadalquivir.

Microfósiles

La muestra analizada por Sánchez Almazo, especialista en estudios paleoambientales a partir de microfósiles y geoquímica, procede de los niveles blandos del subsuelo. Es de color grisáceo y está formada por margocalizas, que son sedimentos compuestos en su mayoría por arcillas y carbonatos. En ella se han encontrado diversos ejemplares de microfósiles que demuestran el origen marino de las rocas sobre las que se sustenta San Lorenzo, así como el período de tiempo en el que se formaron, hace aproximadamente ocho millones de años.

Los microfósiles encontrados son diversos ejemplares de foraminíferos bentónicos (que viven en el substrato del fondo marino) y planctónicos (que viven flotando en la superficie del agua del mar), así como de cocolitofóridos o nanoplancton. Se trata, en general, de organismos unicelulares que construyen sus caparazones con carbonato cálcico, formando así un mineral que se preserva fácilmente en el registro fósil. Todos ellos son excelentes indicadores de las condiciones ambientales y climáticas que existían en este mar, especialmente los planctónicos.

Lo que resulta sorprendente es que muchos de estos peculiares organismos, que no llegan a alcanzar el milímetro de tamaño, continúan viviendo en nuestros mares, aunque algunas especies del Mioceno están extintas. Así, los foraminíferos, también conocidos como «arena viviente» por el gran mimetismo que consiguen con ella, suponen el grupo más importante dentro de los microfósiles marinos, ya que son muy abundantes en los sedimentos y presentan una gran variedad de especies.

Los cocolitofóridos, algas microscópicas con un caparazón bastante complejo de carbonato cálcico, son muy útiles en el análisis bioestratigráfico y para establecer correlaciones a escala mundial. También son excelentes indicadores para medir los cambios de temperatura y la salinidad del agua de los océanos de tiempos remotos, convirtiéndose en valiosas herramientas para científicos e investigadores, al igual que ocurre con el nanoplancton, también muy abundante en los sedimentos marinos.

El tamaño del nanoplancton es menor al de una micra, totalmente imperceptible a simple vista. Tan solo puede apreciarse mediante un potente Microscopio Electrónico de Barrido (SEM) como el utilizado, en esta ocasión, para obtener tan sorprendentes fotografías. El formidable aparato óptico pertenece al Centro de Instrumentación Científica de la Universidad de Granada, donde Sánchez Almazo desarrolla su actividad.

Fotografías

El proceso para obtener las fotografías de los microfósiles comienza haciendo un tamizado con agua de la muestra de margas, hasta conseguir una fracción por encima de 150 micrómetros. Una vez seca, se seleccionan en ella, con un microscopio óptico, las especies de microorganismos que interesa fotografiar y que suelen ser aquellas que, como hemos visto, actúan como excelentes indicadores paleoambientales. Estos microorganismos se introducen en el SEM para su observación y, para poder realizar las fotografías, es necesario aumentar su imagen. En este caso, y según las especies, se ha realizado un aumento entre 300 y 30.000 veces el tamaño real de sus conchas. Con ello se obtienen unas fotografías espectaculares, debido a la mayor profundidad de campo que posee el microscopio y que proporciona una sensación de tridimensionalidad.

La Fundación Huerta de San Antonio, responsable de la rehabilitación integral de la iglesia de San Lorenzo, agradece enormemente este tipo de colaboraciones, altruistas y desinteresadas, que ayudan no solo a desvelar los muchos secretos que esconde el viejo templo ubetense, sino también a disfrutar con la difusión del conocimiento.

Algunos de los microfósiles encontrados en San Lorenzo. / Centro de Instrumentación Científica UGR

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