Marcos Maeso

Marcos Maeso, a la derecha, en la última foto que tiene de él la cofradía de la Santa Cena.
Marcos Maeso, a la derecha, en la última foto que tiene de él la cofradía de la Santa Cena.
  • «Anoche, cuando vi desfilar la Santa Cena, no tuve duda de dónde se encontraba mi entrañable amigo»

Hace apenas unos meses que se nos fue mi amigo Marcos Maeso. He intentado durante este tiempo escribir algo sobre él, pero lo he ido postergando. No me gustan las necrológicas. Pero estoy en Úbeda y esta noche he visto hacer su estación de penitencia a la Santa Cena. Ya no he podido resistirme. Ya no he podido evitar la vomitera de infancia hecha nostalgia, cuando mi padre nos llevaba después de ver la procesión en la noche del Miércoles Santo a tomar algo al café Molina.

Recuerdo que mi padre nos hablaba con admiración de su presidente. Debían tener más o menos la misma edad. Y sin duda alguna ambos compartirían complicidades no necesariamente expresas. Pero naturalmente yo no sabía quién era aquel Marcos Maeso que, desde su modesta zapatería del Real Viejo, había sido capaz de crear ese prodigio de hermandad a base de los esfuerzos más menesterosos. Un corazón grande lo debía de avalar.

Ahora ese ejemplo nos puede parecer tan afanoso y anacrónico como las hazañas de un Amadís legendario. ¡Peor para nosotros! Porque para él no fue así. Para mí, pasados muchos años, admito que tampoco. Y es que detrás de lo que siempre él hizo nunca se escondió la mistificación. Detrás de esa aparente ostentación pública prevalecía en Marcos sus profundas creencias cristianas y su vocación humanista. Nunca antepuso nada al amor al hombre. Su labor al frente de Cáritas en unos años todavía muy difíciles lo atestigua con creces. Y la verdad, su verdad, muchas veces, merece ser compartida.

Conocí a Marcos años más tarde, apenas pude desembarazarme de la adolescencia. Su areópago era su diminuto taller donde apenas si se rozaba la austeridad. Era su pequeña cátedra. Su conversación siempre fluida era inteligente, cordial. Marcos, aún siendo un autodidacta, era un hombre culto. Y sobre todo sabía de lo que hablaba.

A mí me fascinaba su visión comprensiva y cariñosa del ser humano. Uno de sus temas de conversación eran los toros, un mundo poliédrico donde los halla, pero daba la impresión que lo que más le interesaba eran aquellos muchachos perdedores, de nombres jamás recordados, prófugos de la pobreza –al menos en intentarlo-, que él llevaba por esas plazas perdidas de nuestra provincia. Ninguno acabó siendo un triunfador. A unos les había faltado suerte, a otros bragueta.

También hablábamos de política en una Úbeda donde ello no era nada frecuente. Por cierto que los dos nos afiliamos al PSOE nada más estrenarse la Transición. Recuerdo su tonificante compañía en nuestros viajes a Madrid a bordo de mi flamante 'dos caballos' rojo. Yo, estudiante de doctorado en la Complutense; él, a sus asuntos. Nunca paraba de hablar, de disfrutar del paisaje. Parecía como si se bebiera con ansia la vida. Y al final terminaba cantando romanzas de zarzuela.

«Anoche, cuando vi desfilar la Santa Cena, no tuve duda de dónde se encontraba mi entrañable amigo». Miré el sitio de Simón y allí volví a encontrármelo. Pero esta vez el suplantador, el apócrifo, era Simón.