Pablo, su hijo Tito y su padre Paco contemplando la bravera del horno. / ROMÁN

El arte de domar los elementos

Tras ocho años de letargo, el fuego volvió a obrar el milagro en el horno árabe del alfar de Pablo y Paco Tito, que revivió el proceso de la cochura

Alberto Román
ALBERTO ROMÁN Úbeda

Paco Tito se embadurna las manos con una mezcla de arcilla y paja, la misma que acaba de utilizar su hijo Pablo para sellar el horno árabe que llevan más de 24 horas cociendo y que ha vuelto a cobrar vida tras algo más de ocho años de letargo, esperando que el tiempo, las ganas y el ajetreo diario de las prisas y los encargos rápidos permitieran acometer este milenario proceso, cargado de tradición y dureza, de gestos y símbolos, que conectan directamente con el pasado de un oficio tan intrínsecamente ligado al ser humano.

Usando el barro de sus dedos, el veterano alfarero traza una cruz más arriba de la embocadura que durante un día completo ha servido para alimentar el horno con orujo, combustible a base hueso de aceituna que ayuda a que en el interior la temperatura sea uniforme en cada centímetro cuadrado. Y mientras dibuja arriba y abajo, a un lado y a otro, sobre la marca en relieve dejada durante décadas por las cruces de decenas de hornos anteriores, pronuncia la oración que le enseñó su padre y que él transmitió a su hijo para que éste se la enseñara después a su nieto: «alabado sea el santísimo sacramento del altar, que el señor te quite lo que te sobre y te ponga lo que te falte. En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. Amén».

A las doce en punto

La suerte está echada justo cuando la campana del convento de los Carmelitas Descalzos, visible desde la alfarería de la calle Valencia, marca las doce del mediodía del sábado 4 de septiembre. El repicar va seguido del abrazo, al calor del horno, de tres generaciones de alfareros que mantienen las formas y las maneras, al igual que la humildad, de sus antepasados. Paco, Pablo y Tito, cansados tras una noche sin dormir, machacados como el hueso de aceituna convertido en orujo, y también visiblemente emocionados por todo lo vivido y revivido, forman un triángulo de seis brazos trabajadores entrelazados y tres cabezas serenas que se apoyan entre sí. Con sus respectivos 77, 46 y 17 años de edad, ahora son iguales. Son uno.

«Un horno más y esperemos que no sea el último», añade Paco con la voz entrecortada antes de soltar un sonoro «gracias» dirigido a los allí presentes, o quizá al cielo, o ambas cosas. Hay quien habla con cabeza, quien lo dice todo a través de la mirada, quien habla hasta por los codos o incluso quien se comunica mediante gestos. Pero Paco Tito habla con el corazón. También con las manos cuando dan forma a una pieza o una escultura. Esas manos que acumulan tanta sabiduría como su lúcida mente. Aunque todos le quitamos la razón en su empeño, de un tiempo a esta parte, de añadir 'el último' o 'la última' a cualquier cosa que implica un medio o largo plazo: la última gran escultura, el último reconocimiento, la última exposición, el último horno… Que no, Paco. Que no.

En su alfar lo han conseguido una vez más (y las que queden). Han logrado domar los elementos en favor de un oficio que mantienen vivo y que les da la vida. La cochura del horno árabe ha sido posible tras mezclar agua y tierra para dar forma a las distintas piezas, que después el aire ha secado y el fuego ha endurecido. Agua, tierra, aire y fuego al servicio de la artesanía y el arte. En la Edad Media se hablaba además de un quinto elemento, el éter, un fluido hipotético invisible, sin peso y elástico, que se consideraba que llenaba todo el espacio y constituía el medio transmisor de todas las manifestaciones de la energía. Sinceramente creo que esa quintaesencia inunda toda la alfarería, aún más concentrada durante el tiempo que se estuvo cociendo el horno. Quien pasó por allí lo notó.

Atrás quedan muchas horas de un proceso, el de la cochura, histórico para el alfar de Pablo Tito, quien lleva las riendas del taller desde hace años aunque con la permanente presencia de su padre, que da nombre al Museo 'Memoria de lo cotidiano' situado en la planta superior. Una jornada memorable porque, según palabras del propio Paco, este horno en cuyo interior están apilados numerosos días de trabajo, ilusión y desvelos. posiblemente sea el «más importante de nuestras vidas».

Y es que, además de las piezas de alfarería tradicional, colocadas aprovechando hasta el último centímetro aunque sin que se toquen para que no queden irremediablemente unidas, en esta ocasión se han cocido dos esculturas en terracota a tamaño natural que Paco ha dedicado a sus hijos, Tíscar y Pablo. En la modelada para Tíscar, ella está sentada en el tronco de un árbol del que salen las ramas que representan los brazos de sus padres, Isabel y Paco, que la abrazan y acarician. Y la dedicada a Pablo, es un grupo escultórico en el que están representados padre e hijo, el primero modelando y dando forma al segundo. Todo fue distribuido y colocado ('enhornado' en el argot alfarero) con sumo cuidado.

Pablo Tito alimentando el horno con orujo, piezas vistas por la bravera y sellado del horno. / ROMÁN

El proceso

La cochura del horno comenzó el pasado viernes a las ocho y veinte de la mañana con el encendido y la 'tiempla'. Un punto de partida que consiste en generar fuego con maderas en la cámara baja de la construcción circular para que suavemente vayan tomando temperatura las piezas colocadas en la cámara superior, sin cambios bruscos que podrían agrietarlas.

Una vez templado, a primera hora de la tarde tocó 'levantarlo' y 'caldearlo', reduciendo la boca por la que ya se empezó a utilizar el orujo como combustible. Esto se hace a ras de suelo, a razón de quince platos pequeños de hueso de aceituna machacado cada minuto y medio o dos minutos, aproximadamente, arrojándolo en forma de abanico y dirigiendo el tiro de manera uniforme por toda la cámara incandescente.

De nuevo aquí es imprescindible que la temperatura suba muy poco a poco, para garantizar la calidad y acabado de la producción, asegurando así la perfección en los matices de los colores y brillos. Además el orujo se criba para evitar el polvo, que en el interior genera humo y puede manchar las piezas.

Lo de los quince platillos se fue sucediendo durante toda la tarde, noche, madrugada, amanecida y parte de la mañana del sábado. Es una labor de paciencia y buena distribución del combustible. Y con cada tanda o 'calda', en la parte superior del horno, en la cubierta dispuesta a modo de terraza, la chimenea grande central (o bravera) y las otras ocho más pequeñas dispuestas alrededor arrojan sus lenguas incandescentes, generando un espectáculo único, con las torres, la muralla y los tejados del casco antiguo ubetense de fondo.

Esos mismos orificios, junto a una pequeña mirilla practicada en la puerta principal del horno, son los que se utilizan para observar el estado de las piezas, con una textura melosa y al rojo vivo, y para saber si el calor es uniforme. Conforme avanzan las horas y los cacharros a la vista se ven en su punto idóneo, se van tapando los agujeros para restar fuerza a la cocción en ese sector y seguir en el resto. Finalmente solo queda abierta la bravera central, por donde con un gancho o 'garabato' se saca algún plato que sirve de testigo para saber cómo va el horno, la zona que está más adelantada, el tiempo que puede quedar y otros matices que orientan a los alfareros sobre el estado del proceso.

Debe llegarse, más o menos, a los mil grados centígrados, algo que deduce la mirada experta del alfarero, que es quien decide si todo está bien cocido. Y es entonces cuando se tapa la boca del horno, sellándola con una mezcla de barro y paja, el mismo con el que se marca la cruz en la pared caliente mientras se recita la tradicional oración. En este caso ocurrió veintisiete horas y cuarenta minutos después de encenderse el fuego que inició todo el proceso, mientras a lo lejos sonaban las campanas carmelitas como queriendo subrayar las palabras que Paco Tito acababa de lanzar al cielo: «que el señor te quite lo que te sobre y te ponga lo que te falte».

Abrir el horno

Y a las doce del mediodía el horno se quedó solo, obrando el milagro ancestral de la tierra y el agua convertidas en cerámica. Porque si bien necesita de los maestros alfareros para revivir con la fuerza del fuego, debe volver a su letargo sin ayuda, recuperando su temperatura habitual lentamente, con el efecto del aire exterior penetrando y circulando entre cacharros y esculturas.

Una vez que desciendan los grados paulatinamente, en unos días la pared de adobe que cubre la puerta del horno se desmontará para agilizar el enfriamiento. Esto debe hacerse a partir de un momento concreto marcado por una prueba muy simple: cuando al arrojar un papel por la bravera (la chimenea superior) éste no arda. Y tras ello se procederá a extraer las piezas, entre cientos de pequeños y vibrantes tintineos surgidos del crujir del propio material cerámico al perder calor.

Los artesanos ya cumplieron su parte, quedando exhaustos, sudorosos, con la piel cubierta de esa pátina oscura que deja el humo, el polvo del orujo y las horas sin dormir. Es momento de descansar. En unos tres días se verá el resultado. El fin de un ciclo que en realidad es el inicio, porque el fuego purifica, crea y endurece para así volver a empezar, con tierra y agua y aire que llenarán otro horno en el alfar de Paco, Pablo y Tito. Ojalá que no tenga que pasar tanto tiempo para reavivarlo y revivirlo.

Un día ajetreado

La cochura del horno se convirtió en un auténtico acontecimiento desde que se anunció semanas atrás. Hasta tal punto que desde la alfarería tuvieron que habilitar un sistema de reserva de plazas para la visita durante el proceso, por no masificar el lugar y no desvirtuar el ambiente de trabajo, aunque ciertamente la jornada se vivió como la gran celebración que merecía. No era de extrañar tanta expectación, teniendo en cuenta que ya son pocos los hornos tradicionales que arden a lo largo y ancho de la geografía nacional, pues el ritmo de trabajo actual y la habitual prisa de los encargos han hecho proliferar el uso de los hornos eléctricos o de gasoil, más pequeños, rápidos y cómodos. Todos los procesos productivos, también los artesanales, han vivido su particular modernización.

Así, desde que el horno se encendió y hasta que fue sellado, decenas de personas pasaron por el alfar para compartir unos minutos de esta buena noticia. Muchos amigos de la casa quisieron estar presentes, algunos desplazados expresamente desde lugares como Madrid, Málaga o Córdoba. Otros visitantes que simplemente iban a conocer la alfarería se encontraron la sorpresa. Hubo una familia de San Sebastián que regresaba tras una anterior visita hace cuarenta años y recordaba que, curiosamente, aquella vez también coincidió con una cochura. Entonces el abuelo Tito (Pablo Martínez Padilla, origen de la saga de los Tito) aún vivía y pudieron verle trabajar en un día tan especial. Y esta vez comprobaron como su bisnieto aprendía el oficio, añadiendo una generación más a la saga.

Especialmente emotiva fue la visita de compañeros del gremio, otros alfareros ubetenses que saben de la importancia y el significado de encender, hoy en día, las entrañas de un horno árabe. Algunos ni siquiera habían vivido el proceso en directo hasta ese momento y los anfitriones quisieron compartir con ellos algo tan propio del oficio, invitándoles a empuñar el platillo y alimentar el fuego con orujo. El ambiente de camaradería, también con artesanos de otras disciplinas que acudieron a la cita, emocionó a más de uno. Y entre las risas, las anécdotas y los abrazos se coló alguna lágrima.

Se personaron también muchos fotógrafos que quisieron inmortalizar un hecho tan costumbrista, plagado de detalles y curiosas estampas. Una fotógrafa incluso vivió todo el proceso, de principio a fin, para uno de sus proyectos que ojalá derive en una exposición. Y de suma relevancia fue el apoyo de José Reyes y David de la Blanca, con experiencia en anteriores cochuras, que estuvieron mano a mano con los Tito y facilitaron la realización de turnos de descanso a las horas más intempestivas, aunque fuera para echar una cabezadita en la parte más profunda del obrador.

Paco Tito dibujando la cruz al horno, momento álgido de la cochura y visita de otros artesanos. / ROMÁN