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Alberto Román
Úbeda
Jueves, 30 de abril 2020, 04:49
Desde que esta pandemia empezó a ser tomada como tal a pie de calle, con su nombre en mayúsculas y su apellido numérico, y desde que las cosas comenzaron a ponerse serias de puertas para adentro en el Hospital San Juan de la Cruz de Úbeda, el personal sanitario no ha dejado de preguntar de manera especial por el paciente que, en una cama concreta, luchaba contra este maldito coronavirus. Un paciente que primero estuvo en planta y después precisó traslado urgente a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI).
Esta preocupación generalizada tenía una explicación: esa cama estaba ocupada por uno de ellos, un compañero, parte de esa gran familia en la que se ha convertido la plantilla del centro a base de estrechar los lazos para no dejar pasar ni al virus ni al desánimo, la impotencia y la desesperación en los momentos más difíciles. Cierto es que ha habido otras personas que han pasado de ser sanitarios a necesitar tratamiento como pacientes. Pero esa cama en cuestión, por sus complicaciones y por acoger uno de los casos detectados al principio de esta locura, representaba la lucha cuerpo a cuerpo, y muchas veces sin la debida protección de por medio, de los profesionales contra una enfermedad que lo ha puesto todo patas arriba.
Así, mientras cada día por los balcones cientos de ciudadanos arrojaban sus aplausos para los sanitarios, ellos no podían evitar pensar en su compañero que se debatía entre la vida y la muerte, sin un remedio para su mal, en un lugar en el que durante años tanto hizo para intentar curar a quienes pasaron por sus manos.
Tras más de un mes aguantando este pulso, primero sin intubar y pocos días después dependiendo de un respirador, anoche se quedó sin fuerzas. No sufría patologías previas que hicieran pensar en este final. Pero el virus pudo con él y se llevó sus proyectos, sus sueños y sus posibilidades de hacerle frente a través de sus pacientes. Al filo de la medianoche sus compañeros conocieron el fatal desenlace de esta larga espera, la última y menos deseada respuesta a tantas preguntas sobre su estado y su evolución.
Hoy, a las doce del mediodía, todo un hospital de luto se concentrará en la puerta principal para recordarle, para homenajear y despedir a uno de los suyos. Después cada uno volverá a su puesto, ya que hay muchas camas que atender y muchos pulsos que ganar en nombre y en justa revancha de quienes se quedaron sin fuerzas. Él así lo habría hecho.
En estos días en los que las cifras sustituyen a los nombres y los porcentajes a las personas, cuando por el bien general se evitan los datos particulares y las órdenes son no contar fuera lo que sucede dentro, resulta doloroso poner nombre y apellidos a una pérdida, y más aún si forma parte de quienes por encima de la mascarilla miran al coronavirus a los ojos. Pero es de justicia, para saber que están ahí, al pie del cañón pese a todo, y que se juegan la vida. Sí, es de verdad, no es una frase hecha y manida, ni un recurso literario. Se juegan la vida.
Su nombre era Pedro Marín Esquirol, tenía 47 años y trabajaba como médico de Urgencias en el Hospital San Juan de la Cruz de Úbeda. «Qué injusta es la vida, que le hizo venir desde tan lejos a un hospital comarcal perdido en la geografía española, para acabar así por este maldito virus», comentaba un compañero poco después de conocer la noticia. Porque este médico vino de Venezuela a buscar mejores oportunidades, pero con las ilusiones intactas de poder ayudar a los demás.
Según cuentan quienes le trataron más de cerca en Urgencias, llegó con su familia. Su esposa también es médico, actualmente en una localidad cercana. Antes de recalar en Úbeda estuvieron una temporada en Madrid, a la espera de tramitar la homologación de sus títulos para poder ejercer en España como facultativos. En ese periodo, Pedro incluso trabajó en otros sectores, como el de la hostelería. Hasta que, con la documentación en regla, la pareja fue contratada en el hospital ubetense hace varios años, fijando la residencia familiar en la localidad.
«Era buena gente, cariñoso, agradable, muy educado… nunca le vi alterarse, ni un mal gesto, ni una mala contestación pese a estar trabajando bajo la presión de Urgencias», aseguraba anoche otro compañero, destacando su permanente sonrisa. Una sonrisa que desde hace algo más de un mes echan de menos en Urgencias y cuyo recuerdo ilumina a quienes siguen en la brecha, mirando esa cama vacía por cuyo paciente no dejaban de preguntar de manera especial. Ojalá nadie más tenga que ocuparla.
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