José Luis Buendía, in memoriam

José Luis Buendía López, en una conferencia en el año 1998./JOSÉ ORTEGA
José Luis Buendía López, en una conferencia en el año 1998. / JOSÉ ORTEGA

Hablar con José Luis aliviaba de la inmediatez para insuflar horizonte, para colocar los intercambios en una reflexión que sin llegar a ser trascendente sobrepasaba los límites cotidianos

NICOLÁS BERLANGA MARTÍNEZÚbeda

Carambolas de la vida. Recibo la noticia de la muerte de José Luis en el mismo remoto país adonde llegó un artículo escrito por él sobre cierta decisión personal mía hace veintitantos años. No esperaba sus gratas palabras entonces, como tampoco su inesperada, prematura muerte ahora.

La distancia ¡claro que sí! acrecienta el desgarro, aunque eso no sea lo más importante. El recuerdo grato puede con todo. El garabato humanista de su magisterio de profesor, de su dedicación a la escritura, al flamenco o la tauromaquia, de su creencia en el ser humano más allá de vanas fronteras de políticas y divisiones, eso es lo que perdura.

Uno aprende con el tiempo a combinar la admiración con la amistad que se teje progresivamente sobre la cercanía y los intereses comunes. Yo miraba a José Luis como el amigo que fue de aquel personaje irrepetible en la Úbeda de la postguerra y los primeros años de la transición que fue Baltasar Berlanga. Era un círculo iconoclasta en donde florecían ramas de libertad desde el respeto y los buenos modales. Ambos compartían su rechazo a los grandes gestos y preferían el ejercicio de la palabra. En esa inevitable dialéctica de unos frente a otros tan innecesariamente incrustada en nuestro debate público, José Luis, como su amigo Baltasar, preferían ensalzar valores humanistas que acercan y sobrepasan generaciones en vez de ahogar complicidades.

La madurez me ayudó a acercarme a José Luis desde una perspectiva diferente. Sabía que cualquier conversación en encuentros improvisados en la calle sobre temas de nuestro pueblo, de esta dolorida provincia tendría una mirada cargada de sensatez y sentido común. Hablar con José Luis aliviaba de la inmediatez para insuflar horizonte, para colocar los intercambios en una reflexión que sin llegar a ser trascendente sobrepasaba los límites cotidianos.

La última vez que nos encontramos hablamos de la rehabilitación de la iglesia de San Lorenzo. Estaba convencido que José Luis tenía su sitio entre ese grupo de amigos alrededor de este proyecto tan atractivo. En realidad, nosotros aspiramos a emular lo que él y otros nos han enseñado desde hace décadas, siempre en un estilo discreto y educado: abrir huecos a la memoria, a la cultura, a la responsabilidad social frente al patrimonio, a una ciudadanía respetuosa, a la expresión de jóvenes que buscan su camino innovador y necesitan espacios para manifestar sus aciertos y sus errores.

No ha podido ser, pero quede claro que la muesca de su recuerdo queda. Descanse en paz.

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