Ramón Cuadra y Marcelo Góngora en un autorretrato realizado por el segundo. / MARCELO GÓNGORA

Una faceta poco conocida que, al igual que sus cuadros, eleva a la categoría de arte.

Marcelo Góngora, el fotógrafo desconocido

La iglesia de San Lorenzo de Úbeda acoge una exposición con una treintena de fotografías inéditas del artista ubetense

ALBERTO ROMÁN Úbeda

La obra del pintor y escultor Marcelo Góngora Ramos (Úbeda, 1940-2017) es fácil de identificar. Su abrumadora personalidad está presente en cada una de sus creaciones, donde afloran las ensoñaciones, los paisajes evocadores, las figuras que asoman envueltas en neblinas de otro mundo, los guiños hiperrealistas de sus lienzos… Su maestría consiste en la capacidad de elevar escenas y objetos cotidianos a una dimensión trascendental. Escenas y objetos que persisten en su imaginario como retrato de una época desvanecida y que, a su vez, retratan al artista como alguien seducido siempre por la belleza, volcado «en la contemplación de lo visible y en la añoranza de lo desaparecido», según palabras del escritor Antonio Muñoz Molina.

Sin embargo, muy poco o casi nada se conoce de su faceta fotográfica. De ella surgen instantáneas que desprenden la misma nostalgia realista de sus cuadros y que Marcelo Góngora realizaba con el objetivo de fijar aquellas cosas que le interesaban para componer después sus obras de arte. Eran, por tanto, como una especie de «bocetos» para el creador, quien nunca pensó en ellas como obras de arte en sí. Pero no hay nada más que contemplar la treintena de instantáneas que componen la exposición 'El fotógrafo desconocido' para negar esto y apreciar el talento del artista para el enfoque. La muestra se puede visitar en estos días en la iglesia de San Lorenzo.

Existe un gran paralelismo entre las instantáneas de Marcelo Góngora y su obra pictórica, en la que utilizaba, incluso, recursos y técnicas propiamente fotográficas como la sobreimpresión o el desenfoque. Por otro lado, la propia fotografía en sí, es utilizada con frecuencia como uno más de los objetos que componen sus lienzos, a menudo retratos de personas que evocan de forma poética lugares, recuerdos, tiempos detenidos, símbolos de la fugacidad del presente, de la permanencia de lo esencial.

Un viaje en el tiempo

Ahí están, en la exposición 'El fotógrafo desconocido', los retratos impagables de niños y niñas de los años 70 del siglo pasado, una infancia de pichis de cuadros y maxi faldas estampadas con fruncidos y mangas de farolillo, de miradas pícaras y bonachonas, de pantalones de tergal acampanados y jersey de rombos, de zapatos desgastados con hebillas de metal. Una niñez que transcurría en la calle, empedrada de guijarros, y en el quicio de las casas con desconchones en la fachada, en los corrales con bardales de piedra y en los patios abandonados de las mansiones señoriales. Pandillas de chiquillos con pantalón corto y rodillas desolladas, con caras sonrientes de churretes y flequillos de monaguillo, plasman una infancia ajena al porvenir que imagina quien los contempla en el objetivo de Góngora.

Estos fantásticos y melancólicos retratos, Marcelo los hace extensivos a los paisajes de olivos, a las casas encaladas y a las calles rumorosas de pueblo, en las que adivina con un sexto sentido la sombra, el alma, el rastro de quienes las poblaron, la rudeza de los aceituneros, albañiles y labradores de semblante franco, de las amas de casa con delantales que lavan la ropa en las pilas de piedra junto al brocal de los pozos, o que sirven el puchero en platos de cristal sobre hules estampados, en mesas camillas con puntillas de croché, al calor de aquellos humildes infiernillos de resistencias. Todo un repertorio iconográfico que da fe, que registra un tiempo en estado de evaporación, porque, como asegura Muñoz Molina «él se dio cuenta, quizás antes que la mayoría, de que el mundo que todos daban, dábamos, por supuesto, estaba en trance de ser borrado por la irrupción de una modernidad que iba a arramblar con todo, con lo malo y con una parte de lo bueno, con lo peor del atraso pero también, innecesariamente, con una belleza nunca monumental ni enfática que era la de la cultura popular».

Un lugar que fue su estudio

La muestra 'El fotógrafo desconocido' se expone en la sacristía de la iglesia de San Lorenzo de Úbeda hasta el próximo 28 de febrero de 2022. Un lugar que guarda estrecha relación con la trayectoria vital de Marcelo Góngora, ya que fue uno de sus estudios de pintura. Aún quedan en los muros del altar mayor señales de su presencia: los bosquejos de un Santo Rostro, un San Lorenzo de cuerpo entero y algunos de los que serían sus primeros trampantojos, como son una suculenta tripa de morcilla y un vaso de vino tinto, junto con unos hiperrealista billetes de quinientas y de mil pesetas que más de un visitante intentó, sin éxito, arrancar de la pared. Junto a ellos, los retratos de su mujer, Salomé, y de su amigo y compañero Ramón Cuadra. En una de las instantáneas de la exposición se les ve a los dos amigos posar en la ermita del Gavellar, junto a la imagen de la Virgen de Guadalupe y la réplica que realizaron para la iglesia de San Ginés de Madrid.

Con el maestro ebanista Ramón Cuadra compartió Marcelo Góngora varios estudios, uno de ellos la iglesia de San Lorenzo, y también inquietudes artísticas. Ambos se formaron en la Escuela de Artes y Oficios de Úbeda en la posguerra y ambos ampliaron conocimientos y técnicas escultóricas, de dibujo y dorado, en el taller del imaginero malagueño Francisco Palma Burgos. En estos primeros y difíciles años los dos amigos realizaron un gran número de pinturas y retablos de carácter religioso, encargados para paliar los destrozos de la Guerra Civil. Muchos de ellos, trabajos iniciados por Palma Burgos, del que Marcelo se independizó, por decirlo así, cuando el maestro viajó a Italia.

Autodidacta

Sin embargo, como dijera su también amigo Arsenio Moreno Mendoza, historiador del arte recientemente fallecido, Marcelo Góngora «era esencialmente un autodidacta». Alguien que se abrió paso «a machetazos ciegos, en su soledad, en la soledad de su estudio, de este y de otros, hasta conseguir desbrozar su propio camino, su ser pictórico en gerundio, hasta conseguir expresar su propio mundo con la verdad de sus pinceles, aquel que llevaba escondido en su alma, sin necesidad de psicoanalista, pero sí de sus lienzos», escribe quien también fue miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y alcalde de Úbeda. Los dos amigos, en plena juventud, aparecen en uno de los retratos de la exposición 'El fotógrafo desconocido', ante la puerta del segundo de los estudios del artista en la calle Cervantes de Úbeda.

Y es así, de esta forma, como Marcelo Góngora Ramos consiguió brillar con luz propia y hacerse un hueco dentro de la escena artística del momento. Participó, entonces, en numerosas exposiciones, colectivas e individuales, en galerías y certámenes de ciudades como Viena, Hannover, Copenhague, Madrid, Bilbao, Gijón…, donde su trabajo fue reconocido y premiado. Una fabulosa proyección, un trampolín que, sin embargo, supuso un salto al vacío para Marcelo, ya que, en palabras de Moreno Mendoza, «amaba a Úbeda como nadie y hasta sin saberlo, pues, en su candor e inseguridad lógica, era en Úbeda —y nada más que en Úbeda— donde encontraba el oxígeno de su existencia».

Siempre fiel a sí mismo, su estilo es considerado, junto con el de autores como Antonio López, dentro del «nuevo realismo español» o lo que también dio en llamarse «realismo fantástico». Ese componente onírico de sus composiciones es el que acentúa el pintor manchego: «Marcelo ha dicho cosas muy emocionantes en el territorio de la evocación, de la evocación del mundo real transformado, transformado de una forma poética».

Marcelo Góngora y Arsenio Moreno junto a dos fotos más de la exposición. / MARCELO GÓNGORA