Bienestar ante todo

Bienestar ante todo
  • Me entero, por la prensa, de que hay unas viviendas sociales en la Calle Ariza ahí, abandonadas y ya ruinosas casi, porque no se habitan. Viviendas sociales, de máxima protección y facilidades, supuestamente un chollo. Chollo que nos cuesta a la ciudadanía un pico y medio.

Se aduce, creo, que los bancos no adelantan las necesarias hipotecas a los adjudicatarios, y sé de buena tinta que hay de ellos quienes han renunciado porque no quieren habitarlas (dada la zona). Pero el hecho real es que se hicieron. Y ahí está el detalle, empeñarse en hacerlas por cumplir supuestos fines sociales sin pensarse ni la oportunidad ni la adecuación. Viviendas que a más de uno y una les sacarían de apuros, pero no a cualquier precio económico o social (salvo que pensemos, ¡oh, almas caritativas!, que a los pobres les da lo mismo).

El llamado estado del bienestar es un logro de la sociedad europea que no se debiera perder. Es el resultado de una lucha larga y desigual, y muy dolorosa a veces, que trató de nivelar en parte las grandes desigualdades sociales, y no por caridad sino por mera justicia. Hizo la vida más llevadera y segura a millones de trabajadores y era la única recompensa que tenían en vida, el resultado de la venta de su capital de trabajo (lo único que tenían). Ahora claman los que quieren que todo esto se vaya al garete, y argumentos no le faltan, mas me temo que sean argumentos demagógicos y falsos.

Sí, es cierto, se ha abusado del estado del bienestar. Hasta la extenuación. Se ha consentido, desde los organismos que debieron no sólo ponerlo en marcha sino también controlarlo, que se produjesen fraudes, abusos, engaños. Bajas médicas ficticias firmadas por facultativos, cuadros de incapacidades inventadas para lograr una pensión (y tenemos un juicio, con resultado irrisorio, muy reciente), y pensionistas y jubilados que no habían cotizado, pobres de lista ya fija para recibir ayudas (como esas de alimentos dadas por la cara a gentes que o los vendían o simplemente los tiraban), paro a quienes tenían tajos un día sí y otro también, becas por sólo unas declaraciones de rentas que conociendo quienes las recibían (sus hijos e hijas) daban más que risa, rabia, usuarios del sistema sanitario por la cara y la exigencia urgente. Minorías supuestamente marginadas que hacen de su marginación el mejor de los negocios, exigiendo lo que no hay escrito, pues su derecho ya no es supuesto sino palpable, real e imperativo. En fin, ¿me alargaría más en la lista de agravios?

No por esto anterior debiera clamarse contra el estado del bienestar, sino, muy por el contrario, redefinirlo, mejorarlo, sanearlo. Dicen quienes vienen empujando, ávidos de poder, que se dedicarían a sanear las haciendas (cosa por otro lado perentoria y que no lo harán por convicción, sino por necesidad) pero que no tocarán ni un pelo a este estado benéfico. Si además les oímos decir que deben haber menos impuestos, pues que creo que lo que pretenden es la cuadratura del círculo (cosa hasta ahora ímproba) o, me temo, hacer de la demagogia uso largo y tendido hasta el logro del poder; luego, ya se verá... Pues que si están en ello, que de veras se centren en un programa que, sin, como digo, eliminar los logros ya adquiridos, lo optimicen y lo regulen para que cumpla sus verdaderos fines y cortar por donde haga más falta a abusadores, vividores del cuento, defraudadores y demás ralea que pesa y mucho en el montante económico arrastrado. Además, es un deber de la administración (cualquiera) con sus administrados.

Las casas mencionadas son una muestra de la mala previsión, peor gestión y realización de prestaciones sociales en principio bien pensadas y que debieran ser correctamente aplicadas. Pero como en tantas cosas hay quienes parece ser así se justifican en su inepcia y, cual hipócrita caritativo de limosna dominguera, sienten que han cumplido con su deber, en este caso, de aplicar sus promesas electorales de justicia e igualdad social. Con la pólvora del rey es muy fácil ir a la guerra, o a la caza, aunque aquella se pierda o esta resulte fallida. Pero es que esa pólvora no es del rey sino de sus súbditos, los paganos de impuestos (que, generalmente son los que menos exigen y menos gritan y menos se benefician).

Seamos ya de una vez consecuentes: queremos estado del bienestar, porque además nos es rentable socialmente y en orden a la estabilidad institucional, queremos se aplique correctamente, no queremos más impuestos (o subidas) pero si han de hacerse sean enhorabuena si lo anterior se consigue; pensar lo contrario es alimentar la hoguera que nos quemará irremediablemente.