Esperemos

  • Los mercados (¿quiénes son los mercados?) están en la ofensiva final, decidida desde hace tiempo, contra España y si se puede pues también contra Italia. Los mercados (¿quiénes son los mercados?) se cargarán a todo el que se le ponga por delante. Los mercados (¿) no tienen alma y por lo tanto ni escrúpulos ni conciencia.

Pero no se les puede, no se les va a tocar, nada, nada. Dios todopoderoso e intocable son los mercados. Y a sus componentes, a sus miembros activos y beneficiarios, como no se les va a tocar ni un pelín se da por cierto que no se les tocará ni un chavín; así que eso de subirles los impuestos a los ricos ¡ni mentarlo!

Y sus luchadores-servidores mediático-políticos más significados ya hacen todo el trabajo necesario para que la cosa quede segura. A costa desde luego de lo que haga falta, y si hace falta cargarse un sistema político, se lo cargan, si hace falta cargarse un país, se lo cargan, sin más. Pues estos trabajadores de los mercados (lo sean a sabiendas o sólo sean burros útiles) laboran meritoriamente en el rumbo a la catástrofe, en uso de la máxima (que sólo se creía comunista) del cuanto peor, mejor.

Ahí tenemos el ejemplo en USA, esos del Tea Party, que alardean de ser los más patriotas aunque para ello se deban cargar su nación (envueltos en la bandera, eso sí). Por acá también los tenemos, no a los del Party pero sí a los autodenominados neoliberales, liberales de pacotilla y en realidad fascistas, que están desesperados porque todo se nos hunda bajo los pies, en la esperanza de ser los que surjan como salvadores únicos de la patria. Mientras, pues, fabrican mentiras a espuertas, echan la culpa de todo a un desgraciado presidente en caída libre, callan lo que en realidad les conviene y hacen todo lo contrario (cuando alcanzan el poder, dígalo señora Cospedal) de lo que siguen predicando en sus púlpitos supuestamente inmaculados y bendecidos.

Se ha demostrado que, se haga lo que se haga y se conceda lo que se conceda, el capitalismo sólo va a lo suyo, a conseguir sus objetivos, independientemente de los gobiernos (cambien o no). La cochambrosa reforma laboral que hizo el ya casi saliente, por acá, se vendió por los voceros de turno como necesaria para crear empleo; en realidad se veía a la legua que sólo se pretendía aligerar todavía más las condiciones entre empleadores y empleados, a favor de aquellos. ¿Se han creado más empleos fijos (era el cebo que se nos ofrecía) e incluso mogollón de empleos aunque fuesen temporales?... ¡NO! Se ha logrado abaratar el despido y eso era con certeza lo que se pretendía. ¿A qué pues tanto camelo, tanta mentira consentida y propiciada por los que gobiernan y tragada por los llamados interlocutores sociales?

Hay que darle el alimento al monstruo capitalista (ya devorado su antagonista) para ver de detenerlo y hay que propiciarle sacrificios y ofrendas. Caeremos como los otros y su voracidad amainará un tanto. Habrá banquete para muchos, sobre todo los que han trabajado para el holocausto.

Surgirán los descontentos, nuevos y viejos, con más fuerza para descalificar y despreciar a los supervivientes y ellos traerán, elevados en andas, a los autoproclamados salvadores. Entraremos en una nueva era, que se resolverá de alguna forma y con el tiempo por las mismas contradiciones que lleva en sí. Con una gran crisis.

Yo quisiera que estos auspicios fuesen totalmente producto de mi mente alterada por el calor veraniego, pero como hay cosas que ya escribí, o pensé hacerlo, que se están cumpliendo a rajatabla, me temo se camine por la senda definida. Y es que además yo no me fío de que estos señores (¿serán los llamados mercados?) tengan honestas y benefactoras intenciones para con los demás. Como los demás les importan un pimiento, pues que el asunto está meridianamente claro.

Mientras, los del voto cada cuatro años, no tenemos más derecho que el pataleo y la espera. La esperanza es lo último que se pierde.