Intransigencia

  • Verán que no he escrito ni una coma durante las celebraciones de las JMJ. Por respeto.

Respeto que se debe tener para con cualquier manifestación de ideología o pensamiento diverso, siempre que no se incurra en violencia, tanto verbal como física. Respeto para quienes respetan. Por ello los católicos superconcentrados en los días de agosto en el caluroso Madrid llévense mi respeto (y sus basuras dejadas en Cuatro Vientos) y mi transigencia.

Transijo, además, porque no está en mi mano impedir sus ocupaciones de los espacios públicos, de los espacios de medios de comunicación, de los espacios sociales y de todos los espacios habidos y por haber para los que la autoridad católica se sienta con derecho. Si los primeros que hubieron de poner coto y restricciones a nivel de Estado no lo hicieron (a pesar de sus aparentes estridencias progresistas) no seré yo, simple ciudadano quien pueda ponérselas. Además que eso de ver a los políticos babeando pues que me abruma y deprime.

Como ciudadano sin embargo, en supuesto uso de mi libertad de pensamiento y de expresión, podré opinar en pro, en contra o en ni fú ni fá, del estado de la cuestión; que no es ni más ni menos el del ser aconfesional el Estado, laico beligerante, laico no beligerante, neutralmente activo o pasivo, confesional moderado o nacionalcatólico (de toda la vida, sí señor). La cuestión no resuelta por los poderes políticos pero sí que bien resuelta por los religiosos está ahí. Resuelta por los religiosos porque a pesar de que mientan como bellacos (y eso no les pinta ni debe su Dios perdonárselo) es real que el catolicismo goza de una buena transigencia institucional (y sus consiguientes beneficios).

Otra cosa es que esa salud se extienda a su propio cuerpo de fieles. O sea, que sus propios seguidores no sólo enarbolen circunstancialmente unas banderas, se concentren para alborotar y que se les vea en las calles, saquen cada dos por tres sus procesiones o dominen gran parte de la enseñanza concertada (y pagada con medios públicos) de este país, sino que, además, cumplan fielmente con los ritos y mandamientos, sacrificios que la coherencia con la fe anunciada les debiera ser de obligación. Esto último, y es verdad palpable, está muy lejos de la realidad, aunque se quiera magnificar lo contrario con esas actuaciones a lo JMJ. Hoy los católicos (mayoritarios y confesos) de este país apenas si cumplen ni con los ritos, ni con las obligaciones que debieran, son incongruentes con lo que dicen acatar (y defender) y quedan en un sí pero no tibio soslayando una y otra vez lo que su doctrina les impone.

¿No se divorcian (por lo civil) muchos de los matrimonios habidos también por lo religioso?, ¿eso es congruente?, y se me aducirá que la jerarquía católica es muy dura al respecto y no les deja otra salida; pues háganle saber su disconformidad a la jerarquía y si no modifica su actitud pues sálganse de la dependencia doctrinal. ¿Es que no abortan ninguna de las mujeres católicas que, por diversas y tristísimas causas se ven obligadas a hacerlo?; séanles claros en las exposiciones de las motivaciones que llevan a tales determinaciones y sigan el mismo camino congruente de separarse de la obediencia jerárquica. ¿No sufren nuestros católicos cuando un familiar, querido, queda en tal estado de enfermedad y deterioro que el prolongárselo bajo torturas médicas es más un martirio para todos (el primero, desde luego el enfermo) y según la doctrina imperante se debe dejar que siga su terrorífico curso?...

Miren, no me cuenten lo que me decía un católico practicante, que no se confesaba sino de lo que en realidad se arrepentía, quedando así en su secreto los hechos (según la doctrina pecaminosos) a los que no pensaba renunciar. ¿Qué clase de catolicismo es ese?, ¿es el que conviene a la jerarquía, el que hace número, aunque sea de tan mala calidad?... Así se quería de antiguo, un catolicismo de boquilla, de fachada, que garantizase a la iglesia católica el poder y la influencia temporal sobre la sociedad, sobre el Estado, que fuese su coartada. Pero el verdadero catolicismo, mucho más duro e intransigente, fiel a los orígenes, ese ni le interesa a los fieles en general ni a la jerarquía en particular.

La llamada "santa intransigencia", de algún santo exprés, debiera dirigirse en principio hacia los miembros confesos de la comunidad religiosa, antes que a anatematizar y obligar a los que no comparten esa doctrina. Y que conste que tanto derecho tiene al respeto el que se dice laico o lo que sea como el que se dice católico. Y a la mutua convivencia.