ICONOCUENTOS: Conspiración
-Sólo tengo once céntimos sueltos. Tendrás que cambiarme ?dijo Raúl.
Nono Granero
Miércoles, 11 de mayo 2016, 14:08
-Como siempre... ?respondió Marta, con voz queda.
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-Sí, como siempre ?confirmó, recogiendo la vuelta.
Y nadie en la panadería sospechó aquella mañana que ... bajo esas palabras comunes se escondía una convocatoria peligrosa y clandestina. Así fue como se encontraron ambos ?a las once de la noche, en el lugar de siempre-, con el resto de miembros del grupo. O lo que quedaba de ellos. Porque como venía siendo habitual, cada vez eran menos.
Nadie, sin embargo, preguntó por nadie. Ya sabían las dos posibles respuestas: o habían sido detenidos o, lo que causaba aún mayor pesadumbre, se habían cansado de actuar, habían sido vencidos por el virus adormecedor, embrutecedor y malsano que pretendían erradicar con sus actos.
Después de una mínima y silenciosa espera se pusieron en marcha. Aprovecharon el invierno frío y el aire helado que despejaba las calles y llenaba los hogares para avanzar con paso rápido y silencioso a través de manzanas desiertas.
Con gesto acompasado, subieron sus solapas al llegar a la Plaza de la Luz Excesiva, que tanto los exponía a las miradas indiscretas del vecindario. Abriéndose en direcciones diferentes, la cruzaron separados, como personas que no se conocen y han coincidido por azar en su paseo. Y volvieron a reagruparse bajo la luz confortable y anaranjada del callejón siguiente, que pareció restituir con su calidez la calma aparente a sus andares.
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A los pocos minutos llegaron al lugar convenido, al que habían elegido como el más idóneo en la última reunión. Marta y Raúl, convertidos esa noche en los responsables de la acción, recibieron tensos las miradas del resto de compañeros, que buscaban la señal para adoptar las posiciones ensayadas. Y tras una respiración honda y un gesto de asentimiento, se pusieron en acción.
Dos de ellos ampliaron su paso para llegar rápidamente a una de las esquinas, en donde se detuvieron, mirando en direcciones opuestas. Dos más fueron hasta el final del callejón, para controlar el otro acceso. Uno se quedó plantado en mitad de la calle, mirando alternativamente a uno y otro grupo. Y Marta y Raúl se adelantaron entonces, sincronizados sin necesidad de mirarse siquiera.
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En la esquina más apartada de la pequeña plaza, un cuadrado delimitado con bloques de piedra hundidos en el suelo, oscuro como un pozo en mitad de la noche, parecía esperarlos serenamente. Se detuvieron junto a él. Y por primera vez desde la mañana volvieron a enfrentar directamente sus miradas. Era el momento.
Con suavidad, pero con fría determinación, él introdujo su pequeña herramienta escarbando con rapidez, apartando la tierra del cuadrado con movimientos rítmicos que pretendían ser silenciosos pero que tropezaban con una dureza helada que crujía y se quejaba en cada embestida, resonando en su interior como maíz masticado con fuerza, despertando el temor de que algún vecino se asomase, intrigado, a ver qué era lo que ocurría. ¿Qué harían, entonces? ?pensaba sin poder evitarlo-. ¿Cómo explicarían su acción? No habría excusa posible. Era obvio qué estaban haciendo allí. Estarían perdidos. Al menos ellos dos. Quizá el resto del grupo pudiera escapar...
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Levantó la vista. Marta, ansiosa, vigilaba ensimismada alrededor, con el puño apretado en su bolsillo. Sólo unas gotas de sudor sobre la frente delataban claramente su preocupación compartida.
-Cuando quieras ?susurró Raúl. Y ella volvió en sí. Sacó la pequeña cajita de su bolsillo y, abriéndola con rapidez, depositó el contenido en el agujero abierto por Raúl, que lo tapó enseguida con las propias manos, sin apretar demasiado la tierra. Incorporándose, trotaron más que caminaron en busca del resto del grupo para, asintiendo, confirmar que ya todo estaba consumado.
E inmediatamente, cada uno tomó su camino, sin mirar a nadie, sin mirar atrás. Pero compartiendo en el regreso al hogar una misma idea. Quién sabe: con un poco de suerte, aquella ciudad de roca desnuda y dura piedra no repararía, hasta que fuera demasiado tarde, en lo que había de nacer en aquel rincón recoleto.
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Quizás allí podría por fin crecer un árbol, lejos de la mirada airada de quienes no los toleraban como vecinos. Y hasta era posible ?imaginó Marta-, que algunos entendieran, al verlo, que aquello era bueno.
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