Cuestión turística

Úbeda, un año más, ha estado presente en FITUR para dar a conocer al mundo las excelencias de la ciudad y conseguir que nuestras calles se llenen de turistas que se paseen una mañana, que den un rule y luego cojan el autobús y se larguen a comer o dormir a otro sitio. ¿Es necesario que ciudades como Úbeda estén presentes en eventos como la Feria Internacional de Turismo? Sin duda. Pero es que la cuestión no es esa: el tema no es cómo o dónde nos vendemos, sino qué es lo que vendemos.

Manuel Madrid Delgado

Miércoles, 11 de mayo 2016, 13:13

No hace falta haber viajado mucho para, en cuanto uno renuncia al ombliguismo típicamente ubetense, darse cuenta de que nuestro producto presenta deficiencias importantes. Ahí ... tenemos el tema central de la declaración como Patrimonio Mundial por parte de la UNESCO para poder abrir los ojos a nuestra realidad como ciudad y sociedad. Y es que decimos lo de «Patrimonio de la Humanidad» con la boca llena, y la satisfacción nos impide ver la realidad de que poco ?siendo optimistas? o nada ?siendo realistas? hemos hecho en la senda que nos abrió esa declaración. Ahí están las casonas históricas de los barrios de San Pablo o San Pedro o Santa María arruinándose y deteriorándose; ahí están gimiendo ruinosos o comidos por la humedad los edificios de San Pedro, Santo Domingo, San Lorenzo, San Bartolomé o Madre de Dios del Campo; ahí está el desaparecido palacio de los Condes de Gavia...

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La declaración como Patrimonio de la Humanidad no ha supuesto, en el caso de Úbeda, un estímulo colectivo para avanzar en la comprensión y la conservación de nuestro patrimonio histórico y artístico, de tal modo que se pudiera ofrecer, hablando en términos estrictamente turísticos, como un producto realmente singular y atractivo. Al contrario: sobre los pegotes más destacados de un centro histórico cada día más descontextualizado, los más variopintos sectores ubetenses se han lanzado a la tarea de estrujar la gallina de los huevos de oro.

Y así, movidos por el único afán de ganar mucho dinero en muy poco tiempo, sobre la realidad un poco triste de nuestras iglesias, nuestros conventos y nuestros palacios y casonas siempre cerrados, hemos construido una red de productos 'turísticos' caros y poco acordes con la realidad del 'público' al que el producto 'Úbeda' se tenía que haber ofrecido. Con la mano en el corazón, hagamos un esfuerzo para vernos a nosotros mismos, no como habitantes de esta ciudad sino como turistas. E imaginemos nuestra visita a esta ciudad.

Llegamos, y descubrimos que aunque el aparcamiento más bello del mundo, que es la plaza Vázquez de Molina, está lleno de coches de policía, concejales y funcionarios, nosotros tenemos que dejar el nuestro mal aparcado en cualquier rincón y a expensas de que nos lo multen. Luego, nos paseamos por Úbeda y después de habernos dado un atracón de fachadas, con un poco de suerte habremos podido entrar en alguna iglesia que no tiene nada destacado en su interior. A la hora de comer nos habremos sentado en algún 'noveau' restaurante donde la comida es cierto que está buena pero el precio está dirigido, no a la clase media que hace viajes culturales, sino a gente que puede tirar de visa. Y después del café, pues no tendremos nada que hacer porque, por más que se cacaree, la oferta cultural es muy reducida y la crisis va a terminar de finiquitarla, y porque con una mañana hay de sobra para ver fachadas.

¿Repetiríamos un viaje así? ¿Se lo recomendaríamos a algún conocido nuestro? No, todo lo más, al volver a nuestra casa, le diríamos a nuestros amigos que sí, que Úbeda está bien, que es bonica pero que...

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Ese es el problema turístico de Úbeda: que los 'pero que' son demasiados. Estamos tan convencidos de que los turistas son cosas a estrujar que nos hemos olvidado de que hay que mimarlos, cuidarlos y ofrecerles estímulos para que nos visiten: para conseguir visitantes, el boca a boca es mucho más potente que FITUR. Úbeda tiene potencial suficiente para convertirse en una pequeña joya del turismo cultural: sólo hace falta que la sociedad ubetense esté dispuesta a apostar, de manera decidida y sin complejos, por esa capitalidad cultural de la que ahora se habla y que, en realidad, no es más que una entelequia propagandística.

La industria ha sido siempre un agente económico muy secundario en Úbeda. La agricultura ha llegado al límite de su capacidad de aportación al tejido productivo de nuestra sociedad, por falta de coraje de los olivareros para unir esfuerzos en la comercialización. El comercio ubetense, antaño floreciente, tiene en plazas como Linares o Jaén capital competidores tan poderosos que difícilmente puede recuperar su papel central en la economía ubetense. Así las cosas, son el turismo y la cultura los únicos elementos que diferencian a Úbeda de otros lugares de la provincia. No apostar por ellos de manera decidida es desperdiciar el estímulo económico más potente que le queda a nuestra ciudad si no quiere adentrarse en una larga etapa de decaimiento. Claro, que para ello hace falta un proceso de debate colectivo sobre lo que somos y lo que tenemos, y un decidido esfuerzo público para diseñar una política cultural ?cultural, ¿eh?, no de espectáculo? ambiciosa, atractiva y que integre armónicamente todos sus elementos, y para diseñar un plan general de conservación y restauración y revitalización del centro histórico.

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Sólo cuando se tenga claro lo que se quiere hacer en esos dos motores potenciales del futuro de Úbeda, se podrá ir a FITUR con un plan turístico que satisfaga las demandas de nuestro público potencial. Sólo cuando pensemos en un futuro que no se agota mañana y cuando pensemos como sociedad, colectivamente, pensando todos en todos, sólo entonces estaremos en condiciones de haber resuelto los 'pero es que' de nuestros turistas. Y sólo entonces, éstos, cuando vuelvan a sus hogares, les dirán a los suyos «oye, iros unos días a Úbeda que merece la pena».

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