ICONOCUENTOS: La Selección
Esa mañana habían madrugado más de lo habitual. Por la ventana entraba la luz suave de una farola nocturna, recortando rectángulos que se doblaban incómodos sobre la cama y el suelo.
Nono Granero
Miércoles, 11 de mayo 2016, 14:08
Mientras la compañera terminaba de peinarse en el baño que compartían, Rosa doblaba el pijama reglamentario ?hasta en eso las uniformaban-, y lo metía en ... una maleta igual a las del resto del equipo. Miró hacia la cama que dejaba deshecha ?lo mejor de andar de concentración-, y recogió la chaqueta del chándal al tiempo que alguien tocaba a la puerta.
-¡Vamos, chicas, que aunque el tren salga a las nueve tenemos un buen paseo hasta la estación! ?dijo apresurada la voz de Paula.
A los cinco minutos estaban las doce en la estrecha acera, con su idéntico chándal rojo con capucha, con su clónica maleta de ruedas, también roja, y con una compartida expresión de sueño.
Echaron a andar con aire cansino una tras otra, en fila india, siguiendo al Entrenador por la calle empinada y larga que conducía a la estación del tren.
Al poco rato, Roberta bostezó exageradamente y giró la cabeza hacia atrás:
-¡Aoooouah...! ¡Qué sueño hace, verdad, Rigo...?
Pero Rigo no estaba detrás de ella, como había pensado. En realidad, era la propia Roberta quien cerraba la fila.
-¡Qué raro...! ?se dijo. ?Hubiera jurado que yo no era la última-. Y volviendo la cabeza, intentó encontrarla. Pero delante de Carmen sólo veía una fila apretada de figuras iguales caminando entre las sombras aún resistentes al amanecer.
-Se habrá adelantado a comentar algo con el Entrenador ?pensó, zanjando para sí la cuestión.
El grupo, siempre hacia arriba, cruzó un paso de peatones. Y al subir el escalón agrietado de la acera contraria, la maleta de Carmen atrancó allí una de sus ruedas. Carmen se volvió y, aliviada al ver que no venía nadie detrás, como pensaba, se entretuvo en comprobar si la maleta se había dañado.
Fue Lucía la primera en darse cuenta.
-Esperad un momento ?ordenó, con su voz autoritaria de capitana habitual. ?No estamos todas. Faltan Rigo, Roberta, Carmen y Santi.
La comitiva se detuvo mirando adelante y atrás.
-No sé ?aventuró a decir Casania, desde la cola de la formación. ?La verdad es que no me he dado cuenta, pero, a lo mejor, han tomado por la otra calle, la que cruzamos antes. Seguro que también lleva a la estación.
-Y tenía bastante menos cuesta ?intervino Alberta- ¡Han sido más listas...!
-Pues en marcha entonces ?zanjó el Entrenador. ?¡Vamos, sacudíos la modorra, que estáis más lentas que las chicas de la selección lituana!
Y con una carcajada general todas, salvo Casania, continuaron subiendo la calle.
Pero a los pocos pasos, Alberta, atenta ahora a cualquier bifurcación que hiciera más favorable el camino, vio con sorpresa que era ella quien cerraba el grupo.
-Esperad un momento ?comentó, haciéndolas detenerse una vez más. -¿Dónde esta Fili?
-¿No estaba ahí atrás? ?dijo Rosa desde la cabeza de la fila, volviéndose a mirar como el resto, dando la espalda al Entrenador.
-Aquí pasa algo raro ?respondió Alberta. -¿No os dais cuenta de que cada vez somos menos?
-Entrenador ?preguntó Paula volviéndose de nuevo hacia delante-, ¿se trata de algún tipo de juego, de alguna broma?
-¿Míster? ¡Míster! ?repitió Rosa, tan sorprendida como el resto de no encontrarlo delante de ella.
?Habrá seguido andando, -intervino Facunda-, en lugar de pararse a escuchar otra vez las tontadas de... ¡¿Alberta?!
Pero Alberta tampoco estaba ya con ellas.
-Esto no tiene gracia ?susurró Lucía, con un escalofrío. ?Deberíamos volver.
-¿Volver para qué? ?respondió Paula. ?Lo que tendríamos que hacer es apretar el paso, que vamos a ser, además de las últimas, motivo de cachondeo para todas.
-Pero es que no es lógico ?intentó razonar Lucía-; no han podido adelantarnos todas.
?A lo mejor alguna se ha puesto mala y ha vuelto al hotel sin tiempo para decirnos nada ?aventuró Rosalía-. Podríamos esperar un momento todas juntas...
-Eso no tiene sentido ?cortó Rosa. ?Quedan menos de diez minutos para que salga el tren y no podemos perder más tiempo especulando mientras el resto del grupo está, seguro, en la estación-. Y dando media vuelta continuó: -Yo me voy.
Y lo que quedaba de grupo se puso en marcha nerviosamente, mirando con ojos exagerados en todas direcciones, sin que eso impidiera que, al volver la vista, comprobaran que Lucía ya no estaba con ellas.
Apretaron el paso. Las ruedas de las maletas botaron frenéticas sobre los baldosines cuadrados de la acera, poniendo en sus oídos un traqueteo incómodo que perdía fuerza poco a poco.
Entre dientes, Rosalía murmuraba: -Deberíamos haber parado antes, deberíamos haber vuelto mientras teníamos tiempo...
Pero cuando Rosa, cansada de escucharla renegar, se volvió para agradecerle su repentino silencio, tampoco la vio en la fila.
Pálidas, Rosa, Facunda y Paula, se miraron con expresión aterrada. Sin palabras entendieron que no había más opción que seguir. Y las tres volvieron a ponerse en camino acelerando la marcha. Agarrando con fuerza el asa de ambas maletas. Sudando escalofríos al percatarse de su soledad.
A las nueve en punto, el tren salió de la estación perezosamente.
Ninguna maleta roja viajó en él.
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