ICONOCUENTOS: Sin palabras
Pablo Massip, paralizado, repasaba mentalmente lo que llevaba de día buscando algún detalle que le hiciera comprender por qué se encontraba en tan incómoda situación.
Nono Granero
Miércoles, 11 de mayo 2016, 14:08
Todo había comenzado del modo habitual: se levantó, como de costumbre, a las cinco de la mañana. Tomó la ducha algo fría con que se ... espabilaba por completo y preparó café y zumo. Chamuscó un par de tostadas enredado en el parecer implacable del editorial del 'Frankfurter Allgemenie Zeitung', versión digital, untó la mantequilla contrastando esos argumentos con los del 'New York Times' y las devoró en un santiamén buceando en la sección política de 'The Times', que parecía equilibrar el análisis de los dos diarios anteriores.
Mientras se anudaba la corbata, había echado un ojo a 'Le Monde' para comprobar un pequeño detalle que aún le intrigaba y, ya en el coche, había sintonizado una tras otra las tres radios que teñían de colores diferentes la actualidad de todas las mañanas de camino al trabajo.
Había entrado en La Redacción saludando veloz a la recepcionista, que le lanzó sus periódicos de referencia habituales. Y mientras leía uno de ellos y dejaba los otros dos sobre la mesa de su despacho, fue a buscar, como siempre, su segundo e imprescindible café.
Luego, sentado en su sillón, había sembrado marcas rojas entre los negros surcos de los titulares, mientras daba sorbos cortos y un tanto compulsivos al vasito hirviente que quemaba sus dedos. Abrió después su cuaderno anillado de pastas azules, buscó una hoja limpia entre los garrapateos desordenados de otros días y tomó nuevas notas con caligrafía mayúscula y muy espaciada, dejando lugar para incorporar después los datos que aparecieran durante la charla.
Para entonces comenzó a apetecerle su tercer café del día. Pero ya eran casi las nueve de la mañana. Así que resignado a quedarse sin él, cerró los periódicos y con estruendo de papel mal plegado los pasó a la mesa de al lado. Apagó el ordenador, recogió su chaqueta, tiró el vasito a la papelera y subió volando por la escalera al estudio de la segunda planta.
María, la conductora del programa de la mañana, lo recibió con los ojos mientras daba paso al boletín de noticias, y le indicó con un gesto de barbilla el lugar que le habían reservado, en medio de los otros dos tertulianos, Mateo 'Noséqué' y Santiago 'Nosécuántos', a quienes conocía sólo de vista y a los que saludó también en silencio con una pequeña inclinación de cabeza.
Hasta ahí todo, más o menos, había ido como siempre. Pero cuando terminó la cuña de publicidad que daba paso al coloquio, ocurrió algo incomprensible.
Tan simultánea y ardiente como la llamarada de un Pentecostés, apareció una certeza dura y compartida. Invisible pero implacable. Una certeza que se clavó con fuerza en el pecho y en la cabeza de cada uno de los presentes. Mordiendo sus convicciones. Volviéndolos mudos. Dejándolos sin palabras. Poniendo frente a sus ojos atónitos una verdad rotunda que los paralizó: Nadie los escuchaba.
Y no es porque no hubiera nadie más en el mundo ?razonaban los cuatro al mismo tiempo, cada uno para sí, abstraídos, concentrados, silenciosos-; sencillamente, a nadie importaba lo que decían. Nadie prestaba oídos a lo que contaban. Nadie necesitaba sus madrugones, sus análisis, sus razonamientos y, mucho menos, sus opiniones. No eran más que el medio para sostener una publicidad infame, generadora de los ingresos que nutrían a la empresa que los utilizaba. Fuera de ese cometido, todo lo que hacían era intrascendente, innecesario. El afán cotidiano que los empujaba cada día no era en realidad más que aire y paja.
Se sintieron ridículos. Ensimismados, comprendieron de golpe, cegados a cuanto no fuera su propio diálogo interno, que su tarea no tenía el menor sentido. Que era lógico que nadie los escuchara. Y al darse cuenta de que ni siquiera eran capaces de concebir salidas para la situación en que se encontraban, su sensación de inutilidad se amplificó como un eco creciente en el abismo cada vez más hondo de su silencio.
El Técnico de sonido, tras el cristal, los miraba perplejo, sin decidirse a intervenir. Ninguna cuña, ninguna de las miles de canciones que contenía la base de datos parecía apropiada para acabar elegantemente con aquella anomalía. Y sólo atinaba a mover mucho las manos frente a los cuatro, como un náufrago desesperado buscando rescate. Pero nadie lo veía, porque nadie miraba hacia fuera de sí mismo. Y si mecánicamente Mateo pasaba las hojas del cuaderno o María cogía el vaso para beber agua, ninguno de esos gestos parecía, como antes, el preludio a una frase, el ritual de preparación que anticipaba la intervención segura y contundente.
Pablo Massip intentó un tarareo que rompiera el aire helado por el silencio común. Pero la melodía no sonó más allá de las barreras de su cerebro inquieto.
Los micrófonos continuaron mudos. Sus lucecitas rojas, también inmóviles, hipnotizaban sus miradas bajas. Casi no respiraban.
Al cabo de lo que ?sobre todo al Técnico- pareció una eternidad, Santiago se armó de valor. Se levantó con tanto cuidado como determinación, fue hacia la puerta del estudio y desapareció.
Los tres que quedaban alrededor de la mesa se miraron un momento incrédulos. Pablo, confiado, pensó que ahora acabaría todo. Que alguien, por fin, abriría la boca y todo serían risas nerviosas y comentarios algo embarazosos, pero que terminarían con esa ridícula parálisis. Por eso se sorprendió tanto al comprobar que lo que había tomado por un gesto de María en esa dirección, no era más que la repetición de la huida de Santiago a la que Mateo, más rápido de reflejos, se sumó como una sombra veloz.
Y Pablo Massip se quedó solo en el estudio. En silencio. Sin pensar en nada. Con su cuaderno cerrado frente a sí. Esperando.
Y cuando más insostenible parecía la situación, una voz preocupada apareció por sorpresa en su cabeza: a los auriculares llegaba una llamada que el Técnico, nervioso al recibirla y ver en ella la salvación, había pasado al estudio sin preguntar, sin avisar. Sin darse cuenta de que, al hacerlo, desconectaba involuntariamente la salida de la señal a las ondas.
Fue por eso que lo que se dijeron a continuación no lo escucharon más que ellos dos. Y cuando el Técnico, ya más calmado, atinó a conectar de nuevo el sonido, sólo se escuchó una voz neutra que no pertenecía ni a Pablo ni a la Oyente:
-Son las diez de la mañana. Las nueve en Canarias. Noticias.
Y al compás de los primeros titulares, Pablo Massip recogió sus cosas con calma, dejó los auriculares sobre la mesa, saludó hacia el cristal y salió sonriendo de La Redacción, sin pasar siquiera por la mesa de su despacho.
Al día siguiente, Pablo no se levantó a las cinco. Tampoco lo hizo al otro. En realidad, no volvió a hacerlo nunca más. En lugar de eso, ahora, cada día, alrededor de las nueve y media de la mañana, -cuarto de hora arriba, cuarto de hora abajo-, abre los ojos con dificultad, se gira entre las sábanas calientes y se vuelve hacia su nueva compañera. Intercambia entonces con ella pareceres de caricias, analizan la noticia grata de sus cuerpos, arguyen carantoñas con maestría y concluyen, tertuliano y oyente de siempre, con un placentero acuerdo para comenzar el día. Y todo lo hacen sin palabras.
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