El ubetense que más alto ha llegado
Es uno de los ubetenses que más alto han llegado, seguramente el que más en el sentido literal de la expresión, después de haber ascendido a uno de los 14 ochomiles que hay en el planeta Tierra. El pasado 31 de julio alcanzó la cima del Gasherbum II (con la friolera de 8.035 metros), también llamado K4 o Moravi II, que se encuentra en la cordillera del Karakórum, en Pakistán, y que ocupa el décimo tercer lugar entre las montañas más altas del mundo.
Alberto Román Vílchez
Miércoles, 11 de mayo 2016, 13:50
Miguel Ángel Navarrete Poyatos subió así un nuevo escalón (y menudo escalón) dentro de su pasión por el alpinismo, la cual comenzó allá por 2007 ... en Sierra Nevada y que paulatinamente le ha ido llevando por los Alpes, el Cáucaso, los Andes, el Pamir y el Karakórum. Tras subir a un cincomil había que coronar un seismil, lo cual fue el paso previo para hacer lo propio con un sietemil. Y, claro está, lo siguiente era un ochomil.
Lógicamente, no lo hizo sólo. La expedición la formaron 6 españoles, entre los que se encontraba Ferrán Latorre, cámara y alpinista del programa 'Al filo de lo imposible' de Televisión Española durante 15 años. Y resultó ser toda una odisea, pues las condiciones que encontraron no fueron las más idóneas. No en vano, meteorológicamente hablando, 2012 está siendo uno de los peores años que se recuerdan en el Karakórum, una cordillera ya de por sí más salvaje y escarpada que la del Himalaya. Además, el glaciar que lleva desde el campo base (5.100 metros) al campo 1 (5.900 metros) está muy roto y abierto, y las 3 horas que solían emplearse en años anteriores para subir de un punto al otro se vienen convirtiendo en entre 7 y 10 horas (dependiendo de la aclimatación o la carga).
Solos en la montaña
En estas condiciones, todas las expediciones que se encontró el grupo del ubetense y que intentaban subir el Gasherbum II se fueron retirando. En el caso que nos ocupa, tras realizar dos intentos a cumbre frustrados por mal tiempo en el campo 2 (6.500 metros), se quedaron solos en la montaña. «Es mucha montaña para 6 personas», afirma Navarrete, recordando que la ausencia de otros grupos obliga a abrir huella en la nieve profunda y reciente, sin nadie que ayude a fijar cuerda o a portear material común, lo cual incrementa considerablemente el cansancio. Y ello teniendo en cuenta que cada ataque a cumbre supone varios días de ascenso, por lo que cada intento frustrado desgasta mucho, y además a unas altitudes en las que es muy difícil recuperar fuerzas.
La nieve no dejaba de caer y en algunos puntos llegaba más arriba de las rodillas, los riesgos de avalancha se incrementaban, los partes meteorológicos no eran buenos y los ánimos del grupo empezaban a estar bajos, hasta tal punto que casi daban por hecho que no lo conseguirían. Pero antes de que acabara su tiempo allí decidieron hacer un último ataque desesperado a cumbre, asumiendo todos su riesgo y compromiso.
Relato en primera persona
Así lo relata el ubetense: «salimos una madrugada del campo base camino del campo 1 y comenzó a nevarnos con fuerza. Bien empezamos, pensé. Al día siguiente escalamos la vertiginosa arista que lleva al campo 2 con fuertes vientos en altura que nos complicarían mucho el ascenso. El tercer día escalamos la zona de más riesgo de avalanchas, unas palas muy verticales y muy cargadas de nieve en unos tramos, o hielo vivo en otros, hasta el campo 3 (7.050 metros). Se escala muy temprano, de madrugada, por lo que llegas a los campos de altura por la mañana. Ese mismo día, y ya que se avecinaba un empeoramiento del tiempo, decidimos que no podíamos desgastarnos más subiendo tiendas, combustible y equipo, por lo que decidimos atacar la cumbre desde el campo 3 prescindiendo del campo 4 (7.400 metros). Sería un ataque largo, pero estábamos dispuestos a intentarlo».
Durante el ascenso el viento volvió a aparecer en forma de ventisca al amanecer, bajando mucho la temperatura. Estaban ya por encima de los 7.600 metros, lo que se conoce como zona de la muerte, «pues en esa cota, aunque estés en reposo hidratándote, comiendo y metido en el saco, el cuerpo consume más energía de la que es capaz de producir, lo que puede llevar a la muerte en cuestión de días». Cabe añadir que escalaban sin oxígeno artificial y sin porteadores de altura o sherpas, en un estilo puro y limpio como ya es difícil de ver en el himalayismo, cada vez más colmado de expediciones comerciales.
«Cruzando la brecha hacia la cara este el viento casi nos arrancaba de la montaña, por lo que decidimos resguardarnos en una zona protegida y esperar a que amainara un poco. Estábamos a 7.750 metros, una cota muy peligrosa en la que detenerse. Además, habíamos preparado el agua necesaria para atacar la cumbre y volver, por lo que cada hora que pasaba nos íbamos deshidratando, la altura nos iba machacando y la somnolencia debida a la hipoxia iba en aumento. En este panorama, las posibilidades de sufrir un edema cerebral o pulmonar se incrementan mucho. Así, tras 7 horas de espera, ya apenas sin agua y siendo muy tarde, optamos por hacer un último intento a pesar de que el viento seguía aullando en la cara sur. Era eso o bajarnos definitivamente», cuenta Miguel Ángel.
Por fin en la cumbre
De esta forma, el 31 de julio, a las 5 de la tarde, consiguieron al fin la cumbre. «Es difícil expresar con palabras qué se siente, y más aún al haberlo logrado como lo hicimos. Estar a las 5 de la tarde en la cima de un ochomil supone para muchos un intento de suicidio, pues asumes un arriesgado y terrible descenso por la noche, pero nosotros no tuvimos más opción que renunciar a la cumbre o pelear como verdaderos alpinistas», añade.
Y recuerda con emotividad los abrazos a los compañeros y la impresionante vista desde 8.035 metros: «bañados por la luz anaranjada del atardecer surgían los demás ochomiles del Karakórum (K2, Broad Peak y Gasherbrum I) y un universo de cimas heladas se extendía hasta donde se perdía la vista». «Teníamos un ochomil para nosotros solos, lo que supone un gran contratiempo pero, a la vez, un enorme lujo», apostilla el alpinista ubetense.
El duro descenso
Entonces llegó el descenso. Tal y como tenían previsto, fue muy duro y frío, pues al poco tiempo de comenzar a bajar el sol se puso y la oscuridad comenzó a bañarlo todo. Sufrieron mucho hasta llegar a la seguridad del campo 3, pero finalmente todos bajaron sanos, con principios de congelación en los dedos de pies y manos, pero sin riesgo alguno. Dos días después, llegaban a la seguridad del campo base donde al fin supieron que realmente habían escalado el Gasherbum II. «Al fin estábamos a salvo, lo que supone que finalmente has hecho cumbre», concluye.
De su hazaña se ha traído un corte en la pierna por un hundimiento en una grieta, algunas magulladuras por una caída rapelando una de las paredes de hielo del glaciar y las puntas de los dedos insensibles (de momento). Pero, sobre todo, se ha traído una experiencia inolvidable, una historia de superación personal, «algo muy fuerte a nivel interior que te deja mucho poso», lo cual hace que hayan merecido la pena los momentos duros, los riesgos y los 2 años que ha dedicado a prepararse y a entrenar pese a que se vieran reducidos posteriormente a una escasa media hora en la cima.
¿Y ahora qué?. Pues en plena resaca del Gasherbum II y siendo poco amigo de hacer planes a largo plazo, no quiere pensar en nuevos ascensos. Aunque, consciente de que el alpinismo es una parte muy importante de su vida, sabe que más pronto que tarde fijará su objetivo en otra montaña. «O quizá en cruzar un desierto», afirma medio en serio y medio en broma.
Un Ingeniero de Montes en Líbano
Miguel Ángel Navarrete Poyatos es Ingeniero de Montes y reside actualmente en Líbano, donde trabaja en una compañía que lleva a cabo proyectos de desarrollo internacional en temas forestales, de energía y medio ambiente. Previamente trabajó en la creación de la escuela de Ingenieros de Montes en este país de Oriente Próximo, en colaboración con la Universidad Libanesa.
Vivía en España, donde era funcionario interino de Medio Ambiente, pero pronto sintió que todo se le quedaba pequeño y descubrió que en países en desarrollo existe un potencial enorme. Así, optó por marcharse para buscar lo que quería hacer con su vida, y lo encontró dedicándose a lo que le gusta, como coordinador de proyectos de su empresa en Oriente Medio y Asia, y ocupando su tiempo libre con el alpinismo. En breve tiene previsto pasar una temporada en Siberia donde comenzará a ejecutar otros proyectos forestales.
Para leer el relato en primera persona de Miguel Ángel Navarrete y disfrutar de decenas de fotos de su aventura, pinchar AQUÍ.
¿Tienes una suscripción? Inicia sesión