Acento ubetense en la Torre Eiffel
Siempre se ha dicho que un trabajo ideal es el que te permite tratar a diario con mucha gente y muy distinta, y más aún si es en un bello entorno. Teniendo esto en cuenta, José Luis Ruiz Cobo es un privilegiado. Su empleo le ofrece la posibilidad de conocer a un gran número de personas. Ve cientos de caras nuevas cada día. Y además está contratado en el monumento más visitado del mundo de los que cobran entrada, que es emblema de una ciudad y de todo un país, y que cuenta con unas vistas impresionantes. Sin duda es el ubetense que más veces ha subido y bajado de la Torre Eiffel. Y es que, desde hace una década es uno de los azafatos que se encargan de tratar directamente con los turistas.
Alberto Román Vílchez
Miércoles, 11 de mayo 2016, 12:35
Le encanta lo que hace, y se nota con sólo hablar con él unos minutos. No es extraño pues José Luis, 'Coco' para los amigos, ... tiene la suerte de recorrer durante su jornada laboral la estructura más alta de París (325 metros) que recibe alrededor de 7 millones de turistas al año. Así, además, se mueve entre personas para las que estar allí es algo muy especial, un buen rollo que se percibe constantemente, aunque a veces reconoce que puede llegar a ser agotador tratar con tanta gente (es capaz de atender un centenar de consultas en sólo 10 o 15 minutos).
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Este ubetense forma parte de un amplio equipo de empleados que se encarga de recibir al público en general. Para evitar verse saturados tienen unos horarios establecidos que les facilitan cambiar de puesto cada 30 minutos o cada hora. Así, José Luis lo mismo está en los ascensores, en la zona de tickets, en las distintas plantas o en las colas de acceso.
En este último lugar es donde más disfruta pues asegura que es muy satisfactorio atender directamente a los visitantes antes de entrar. «Llegan perdidos y eres el primero al que hablan, y les explicas cómo se organizan el acceso y la visita», cuenta, a la vez que reconoce que las preguntas son mucho más variadas al incluirse las de quienes quieren ir a otro lugar de interés o regresar al hotel.
Una enorme plantilla
El ritmo de trabajo es vertiginoso, aunque el trato que encuentra siempre es amable. No obstante, no está solo. Todo lo contrario, pues hace falta una enorme plantilla para atender a tal marabunta de turistas. Son entre 120 y 150 azafatas y azafatos fijos, a los que se añaden una serie de equipos de remplazo con contratos para sustituciones o fechas puntuales. En total, entre 250 y 300 que se suman al personal de caja, servicios de seguridad, operarios de limpieza, trabajadores de tiendas y restaurantes, personal técnico de ascensores e iluminación, además de los coordinadores y distintos jefes que tienen sus oficinas en un edificio situado a 500 metros de la torre. Y junto a todo ello, existen diferentes subcontratas con otras empresas que se hacen para obras puntuales, como es el caso de los alpinistas que pintan toda la estructura metálica cada 7 años. Suelen ser necesarios unos 25 pintores que trabajan durante todo un año y extienden 60 toneladas de pintura. Todas las cifras se multiplican cuando se habla de la Torre Eiffel.
Para estar frente a un público tan variopinto y de nacionalidades tan diversas, José Luis y sus compañeros hablan 3 o 4 idiomas como mínimo. Junto al castellano, él se maneja perfectamente con el alemán, el inglés y el francés. Respecto a las condiciones de trabajo, cuenta que son muy buenas y que su sueldo está por encima de la media. No es de extrañar pues la suya es una de las empresas más sindicadas de Francia, con más del 90% de los trabajadores dentro de un mismo sindicato y un gran poder mediático que les hace ganar una huelga casi antes de empezarla, debido a la importancia del monumento que no se puede permitir cerrar o estar bajo mínimos.
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Las semanas de Coco dice que son de 9 días pues trabaja 3 mañanas de 9 horas y media, 3 tardes de 7 u 8 horas y luego tiene 3 días libres. Una buena organización de las jornadas libres y los periodos de vacaciones le permite volver a Úbeda de forma habitual y viajar a otros países, su mayor afición, tanto por placer como para estudiar y perfeccionar idiomas. Suele pasar 4 meses y medio fuera de Francia (2 meses en España, uno en Alemania, otro en África, Asia o América y 2 semanas en un país del Mediterráneo). Así, es normal que de cara al futuro, a corto o medio plazo, no se plantee cambios en su vida.
Todo un lujo
«Es un lujo trabajar en la Torre Eiffel», manifiesta, teniendo acceso a unas vistas impresionantes y a zonas restringidas como la parte donde está la antigua maquinaria de ascensores que funcionaba con sistema hidráulico. ¿Un lugar preferido? «La tercera y última planta, sobre todo cuando acabas de llegar antes de la apertura de puertas y eres la única persona allí». Y también le encanta asomarse al mirador cuando las nubes están más bajas y no se ve París. «Después de tanto tiempo, uno se acostumbra a estar allí, pero a mi me sigue impresionando cada día, porque la luz siempre es diferente», cuenta.
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Caras conocidas
Teniendo en cuenta que la torre es visita obligada para todo aquel que pasa por París, José Luis ha tenido la oportunidad de ver muchas caras conocidas e incluso dirigirles el itinerario. Gente como el actor Leonardo DiCaprio, el cantante Mick Jagger (The Rolling Stones) o la actriz Emma Watson han pasado por sus manos. Y del panorama nacional ha tenido la oportunidad de ver a Ramoncín o a Enrique del Pozo, además de a la Reina Sofía que estuvo el año pasado en visita privada junto a la Infanta Elena y a varios de sus nietos.
Aunque en el apartado de rostros conocidos, disfruta cuando se topa con paisanos de Úbeda. Además de los amigos y familiares que le visitan de vez en cuando, asegura haberse encontrado con muchos ubetenses. A veces los reconoce por el acento, pero también hay ocasiones en las que tiene que decir aquello de «tu cara me suena».
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En ambos casos y para ambas partes la sorpresa siempre es mucha. «Imagínate la cara que ponen cuando les digo que soy de Úbeda», cuenta.
Al respecto, recuerda cuando se dio de frente con la familia que tenía la churrería justo debajo de su casa ubetense. «Ni de coña esperan verte allí, y no veas la alegría que les da», añade. Y también recuerda una vez que vio a un antiguo amigo que en principio no le reconoció y le gastó una broma hablándole en francés, muy serio, como regañándole para después, viéndole algo asustado, decirle: «tío, que soy yo, 'Coco'».
Cursiosamente, esta tarde de martes 27 de agosto, se ha topado nada más y nada menos que con Danni Úbeda, paisano afincado en Ecuador, donde sigue desarrollando su carrera musical tras saltar a la fama en España gracias al programa Operación Triunfo, y que en estos días anda de viaje por París.
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Un castigo que fue un futuro
Aunque José Luis recuerda que de pequeño le llamaban la atención las bellas artes, cuando conoció el inglés le pareció apasionante y tuvo claro que lo suyo serían los idiomas. Fue gracias a que sus padres le apuntaron a clases particulares en un momento en el que se aprendía lo justo en el colegio en lo referente a inglés.
Tenía 10 años y estudiaba en la Trinidad. Cuenta que en un principio lloraba porque se tomó la academia como un castigo. Pero después todo cambió y ya en el instituto San Juan de la Cruz sabía por dónde iría su futuro. Tanto que cursaba incluso francés, latín y griego.
Después no tuvo problema en sacar adelante la carrera en la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad de Granada, marchándose además de Erasmus a Escocia. Así, la titulación la tiene por Granada y por Edimburgo. Entendiendo los idiomas como una forma de viajar, abrir la mente, conocer otras culturas y enriquecerse en lo personal, en septiembre de 2001 y con muchas ganas de ver mundo se fue a Francia gracias a una beca que le supuso un contrato por un curso escolar. Acabado ese periodo, y como le gustó la experiencia y la ciudad de París, decidió quedarse un año más.
Haciendo uso del servicio de empleo francés y de sus ordenadores, empezó a buscar trabajo y pronto le salió la oportunidad de ser azafato en la Torre Eiffel durante seis meses. Cuando acabó necesitó regresar a Úbeda unos meses para despejarse un poco, pero sabiendo que volvería pronto a París. Y de nuevo fue al famoso monumento, primero haciendo misiones de un día para sustituir a compañeros en momentos puntuales y dos meses después ya con un contrato fijo. Y así hasta hoy.
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Vive en la otra punta, pero no en uno de los muchos núcleos diseminados, sino dentro de París que, según cuenta, es una ciudad relativamente pequeña. El suyo es un barrio obrero, con bastantes extranjeros, situado al lado de un gran parque en el que practica deporte, y necesita 45 minutos de metro para ir a trabajar. No obstante, asegura que vive bien, de alquiler, en un piso de 35 metros cuadrados que los franceses consideran grande y por el que paga 820 euros. «Aquí es todo bastante caro», asegura, pero dice tener suerte porque se puede permitir salir con los amigos, que es una de sus mayores aficiones. Como decíamos al principio, todo un privilegiado.
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