OPINIÓN: Marcelo Góngora en su estudio
Era yo un adolescente cuando una noche, después de la cena, me pidió mi padre que le acompañara al estudio de Marcelo Góngora. Fue la primera vez que lo conocí en su recientemente estrenado estudio de la Casa del Jodeño, o del palacio de don Luis de la Cueva como ahora es conocido. Era una habitación amplia y encalada. Y en sus paredes de un blanco puro podían verse colgados sus dibujos, acompañados también por láminas de algún que otro pintor impresionista.
Arsenio Moreno Mendoza
Miércoles, 11 de mayo 2016, 15:04
Yo en aquel momento, con mi mente bulliciosa, casi infantil, pensé que acababa de entrar en la buhardilla de uno de aquellos pintores que vivían ... en Montmartre, el barrio mítico y bohemio del arte contemporáneo que había visto en no recuerdo qué publicación. Años más tarde, cuando por fin conocí París, al subir a la Place Du Tertre me di cuenta que aquel Montmartre tantas veces imaginado era apócrifo y que el verdadero seguía estando en una vieja sala, de un desvencijado palacio con olor a serrín y patios trágicamente heridos por el abandono. Y es que, si algo ha caracterizado siempre a Marcelo Góngora ha sido la autenticidad, una autenticidad capaz de hacer de un perdido rincón ubetense un espacio para soñar la realidad confeccionada según nuestra propia hechura y a la medida de nuestra propia experiencia.
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A partir de entonces mi amistad con el artista fue madurando, como nos hace madurar los años. Mas, sobre todo, fue acrecentándose mi afecto por la persona, posiblemente uno de los hombres más buenos que he conocido a lo largo de mi vida. Debo de anticipar que en muchas etapas éste fue para mí como un hermano mayor. Y de él aprendí mucho.
Podría referir centenares de anécdotas, hablar aquí de las decenas de amigos que hemos compartido. Pero me quedo con la imagen del entrañable maestro en la soledad de su estudio, en el laberinto de un Minotauro nacido para crear belleza.
Marcelo fue un artista anclado entre dos mundos. Su formación fue idéntica a la de cualquier joven pintor en la España del siglo XVII. Sí, a la sombra de un veterano maestro, en un taller artesanal donde el aprendizaje mecánico se deslizaba a la vera del aprendizaje de la vida. Marcelo, como otros artistas españoles, le tocó vivir en realidad un tiempo que ya no era estrictamente el suyo. Un tiempo prestado de épocas pretéritas por mor de un despiste de la propia Historia que a veces no entiende cronologías. Pero es que, en verdad, el suyo, su tiempo, con sus contradicciones y unas prácticas artísticas tan engañosas como efímeras, pienso que nunca lo terminó de entender ?yo confieso que tampoco-. Y él, ante todo, era sincero con su arte y consigo mismo.
Sí, me quedo con la imagen cotidiana y luminosa de Marcelo recluido entre las paredes de su estudio: siempre, día tras día, enfrentándose en solitario a sus propias dudad. Volcado ante el abismo inquietante de un nuevo lienzo inmaculado. Es la imagen de un hombre dotado de excepcionales talentos para la plástica que, siempre al final, afronta la embestida de la nueva obra, de su nueva criatura, con honradez y buen hacer. Con la misma sencilla honradez con la que amó a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus amigos. Y a su pintura.
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Arsenio Moreno Mendoza es historiador del arte, profesor de universidad y ex alcalde de Úbeda.
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