OPINIÓN: Biografía de una absolución

Tras 110 días de sufrimiento -desde la convocatoria a juicio oral por una denuncia política recibida el 14 de noviembre de 2014- el antiguo alcalde de Úbeda, Marcelino Sánchez, dejó por fin atrás la pesadumbre de los días de espera tras la publicación de la sentencia absolutoria el pasado 2 de marzo. Como ciudadano y como amigo, reflexiono sobre las huellas de este convulso periodo cuya duración y profundidad me han sorprendido, por haberse solventado antes de lo previsto, por tener la certidumbre que sus consecuencias van más allá del mero hecho judicial.

Nicolás Berlanga Martínez

Miércoles, 11 de mayo 2016, 15:03

Me alegra que la justicia haya sido diligente, clara y taxativa: no ha habido causa delictiva y se le invita a retomar su vida donde ... la dejó hace casi cuatro meses. Pero ¿puede Marcelino de verdad hacer borrón y cuenta nueva de esta ingrata experiencia?

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Es cierto que la absolución trae la euforia y con ella la convicción confirmada de la decencia. Pero recuerda también la melancolía por la amarga incertidumbre de estos días sólo compartida con los allegados más próximos.

Leo y observo que han sido abrumadoras las muestras de cariño y solidaridad, de los propios pero también de muchos extraños. Me alegra mucho que los elogios no se centren solo en la persona cuya honestidad ha sido limpiada, sino también en su dedicación a favor del pueblo de Úbeda. No se juzga el mayor o menor acierto de lo realizado o impulsado, se reconoce su compromiso y su dedicación a favor del interés común.

En clave política, surge la incidencia sobre la imagen del partido a través del cual ha vehiculado su vocación de servicio durante 25 años a favor de una sociedad más justa y mejores oportunidades para todos. En mi opinión, Marcelino debe estar enormemente orgulloso de su reacción rápida ante la duda ética que se le presentó cuando fue convocado a juicio oral allá por el mes de noviembre. En estos momentos convulsos, cuando acertadamente los ciudadanos demandan ejemplaridad, en la celeridad de su respuesta tuvo mucho que ver la voluntad de no dañar ni siquiera superficialmente al partido y a las ideas tan de actualidad que conforman el ideario común de los socialistas. Su absolución es un elemento de ejemplaridad que ofrece a sus camaradas en esta primavera de elecciones y que deberían utilizar sin misticismos y con convicción.

Sin embargo, de la misma forma que las cuestiones materiales y laborales pasaron a un segundo plano cuando se trataba de anteponer la ética y el compromiso, ahora emergen a la superficie como un elemento vital, de supervivencia y autoestima.

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¿Se le permitirá retomar el trabajo que dejó precipitadamente para cumplir con un deber de conciencia más poderoso que cualquier otra consideración de orden práctica? Conociéndole se que, si éste fuera el caso, antes de nada le acechará todo aquello que dejó sin hacer, las tareas que no se coordinaron, las reflexiones o las discusiones que no se llevaron a cabo.

Pero el que regresará a éste u otro trabajo, imagino más como triunfador que como derrotado gracias a la claridad de la absolución, no será la misma persona. Los largos días de invierno de este exilio interior han dejado una huella que no parece efímera. Él avanzó algunas de esas ideas durante la conferencia de prensa que siguió a la publicación de la sentencia. Por un lado está la conciencia limpia que surge del proceso, el valor del compromiso que no resulta dañado. Pero también el otro lado habla de la raíz del mal, de la duda dañina que es tan fácil de sembrar y que aunque salga fortalecida tras el proceso, deja como perjuicio una experiencia dolorosa de meses y la credibilidad menoscabada del denunciante. En estos días de reflexión tras la larga tempestad pueden adivinarse las reflexiones sobre la consistencia del compromiso político, pero también sobre la honestidad como base de las relaciones humanas, sobre el principio de precaución cuando se refiere a acusar a otros. Y la conclusión natural será que el daño moral, el sufrimiento inútil, se repara penosamente.

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Este proceso confirma que la bondad, en lo íntimo y en lo público, son virtudes a preservar. En la gestión de la convivencia en nuestros pueblos, el enfrentamiento de posiciones sobre la política municipal puede ser reemplazado la mayor parte de las veces por el dialogo y la voluntad positiva. Ahora, cuando observo como mi amigo, el antiguo alcalde, camina en equilibrio entre un sentimiento de víctima y cierta embriaguez de vencedor, me doy cuenta que lo que se ha acrecentado dentro de él durante estos 110 largos días es la compasión hacia todos los presuntos culpables. Con este testimonio reclama una altura de miras ética en nuestros juicios políticos, de la parte de los posibles denunciantes, sobre los potenciales culpables.

¡Que los variados árboles de la indignación ciudadana no nos impidan ver el bosque de la angustia irreparable, de las diferentes respuestas ante las sospechas, del respeto a esos que son prójimos y no enemigos!

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