Joaquín Lope, el doctor de Úbeda
Una tarde cualquiera del mes de agosto del verano pasado. Como otras tantas tardes, lo habían traído al campo. Al menos eso servía para que en vez de paredes, cama y mesas, se quedase mirando a los pájaros, oyendo las peleas de perros o mirando cómo anochecía. Estaba sentado en la galería del patio de 'El Sotillo', en uno de los sillones blancos de mimbre.
Miguel Pasquau Liaño
Miércoles, 11 de mayo 2016, 14:13
La vida circulaba a su alrededor con ambiente familiar, pero en ese momento estaba solo, y comprobé que no sabía dónde mirar, qué hacer, si ... levantarse o quedarse sentado. Miraba a la mesa, probablemente sin conciencia de en qué momento del día estaba. Lo vi, desde otra esquina del patio, muy viejo. Aturdido. Se incorporaba, daba algunos pasos hacia la puerta de la cocina, pero no veía ni a su hermano ni a su cuñada y se volvía a sentar. Se pellizcaba el pantalón. Se frotaba los ojos.
Luego llegaría la hora de cenar, miraría con extrañeza a alguien a quien ya no era capaz de reconocer, lo sentarían al lado de su hermano y empezarían a discutir, pero ya era una discusión sin contenidos, porque aunque ni uno ni otro se conformaban nunca (Joaquín porque siempre tenía que decir la última palabra, aunque fuese en un último retruécano que cambiaba las reglas del juego, y su hermano porque hasta el final se resistió a tratarlo con la condescendencia con la que demasiado pronto tratamos a los enfermos), ya sus opiniones se parecían más bien a viejas manías repetidas o a meros chispazos dialécticos.
Ya no eran aquellas discusiones de siempre, al mediodía, en la hora de la cerveza, de dos a tres, tantos años, en lo que él mismo había bautizado como la 'Academia' («aquí yo vengo a enseñar, no a aprender», decía irónicamente, para que yo me riera), cuando Miguel, Fernando, Blas, Joaquín y quienes nos añadiéramos, entrábamos al trapo de cualquier tema: un principio de la termodinámica, una dinastía egipcia, la fecha de la bomba de Hiroshima, el significado exacto de una palabra, los sistemas de riego, el procedimiento de expropiación, o quién plantó no sé qué pino. Y si salía algo del cuerpo o de la medicina, entonces le cambiaba la cara, porque ya sí era verdad que no tenía que polemizar, porque todos íbamos a asentir ante su indiscutible autoridad.
La enfermedad devastó su mente, y lo dejó indefenso. Era triste ver cómo todo su orgullo, toda su ciencia, todas sus opiniones, todo su ímpetu, habían quedado reducidos a un manojo de reflejos, a una voz que empezaba a ser débil, a una mirada perdida y desconcertada. Él lo intentó durante varios años, pero no pudo defenderse finalmente de esa derrota total. Sus hijos, su familia de sangre, le daban la compañía que por otro lado no encontró. Por fin se dejó llevar, aunque a veces se rebelara y quisiera mandar otra vez sobre sí mismo y sobre los demás: pero ya era imposible.
Poco tiempo después de esa tarde se precipitó una última acometida de su deterioro que acabó postrándolo, hasta que sin darse cuenta se ha muerto. Pero cuando muere una persona devastada por la enfermedad, parece como si la memoria de sus testigos se movilizase, se liberara de la última compasión por los despojos en los que se había convertido, y recuperase de pronto todo el recorrido de su vida.
Por eso ahora Joaquín Lope ya no es el viejo aturdido de aquella tarde de agosto, sino el médico de tantos enfermos, el padre de tres hijos, el abuelo, el hermano, el tío, el amigo. Ahora Joaquín Lope vuelve a ser el doctor de Úbeda, una persona con criterio, enterado de los últimos descubrimientos científicos, metido en el centro de las cosas. Ahora es, otra vez, una personalidad fuerte, un hombre clarividente que no se deja engañar por modas o por tópicos, un inconformista, un escéptico con principios. Nuestra memoria lo ha recuperado entero.
Cada uno de nosotros sabemos bien quién fue Joaquín Lope. Es como si, enterrado su cuerpo inútil en el que estaba aniquilado, hubiese recuperado el alma. Es inevitable pensar que allí donde haya encontrado su paraíso, estará ya poniendo pegas, haciendo objeciones, puntualizando o diagnosticando la dolencia de los que ahora estén a su lado.
Ahora sí, ahora que vuelve a ser él, es tan fácil percibir el vacío que ha dejado y darse cuenta de que todo mereció la pena.
¿Tienes una suscripción? Inicia sesión