La plaza

A mi amiga Manoli y a todas esas personas que han madrugado tanto para abrir sus puestos en la plaza

Regala esta noticia
Puerta del Mercado de Abastos.
Puerta del Mercado de Abastos.

Francisco Javier Ruiz Ramos

Llegaba el sÔbado y mi madre me levantaba a las ocho y media. «Vamos hijo», me decía. «No podré tirar del carro y tienes que ayudarme». Refunfuñando y con total desgana me vestía tras lavarme la cara, me tomaba un vaso de leche y aún bostezando salía a Vista Alegre sin encontrar siquiera a perros que me mirasen extrañados. Hacía frío y lloviznaba. En realidad toda la noche había estado lloviendo, o eso creo. Al menos cuando volví a casa de tomar la última copa con los amigos en La Escalera, llovía.

Tras bajar las escalerillas de la tienda de Pepa, frontera del barrio, enfilƔbamos la carretera y calle del Trillo por su estrecha acera y ahƭ estaba la plaza, el mercado de abastos. Subƭamos por la escalera para hacer la primera parada en el puesto de Antonio 'el carnicero', un tipo grande y fornido amigo de toda la vida de mi abuelo Antonio 'Ciribulle' y al que creo recordar proveƭa de carne a su casa desde tiempo inmemorial.

Antonio 'el carnicero', de la Caƭda como mi casta, era de trato agradable, con una voz grave y socarrona que no importunaba la simpatƭa de la persona que se encontraba tras ese enorme mandil blanco plastificado manchado de sangre. Junto a Ʃl, su esposa unas veces, otras su hijo, un joven fuerte y rubio cuyo pelo ensortijado contrastaba con el peinado de su padre, siempre peinado para atrƔs con una estƩtica que me recordaba a la imagen de ese torero, ese tal Manolete, cuya cara aparecƭa en aquel cartel de toros que pendƭa en la pared del puesto-taberna de enfrente y donde mi padre, algunas veces y si el trabajo se lo permitƭa, se tomaba cafƩ y copa de Fundador mientras esperaba que mi madre terminase de comprar.

Cuando mi madre terminaba con Antonio, siguiente parada: el pescado. Para llegar a los puestos del pescado tenƭamos que atravesar casi todo el mercado por la calle lateral doblando la esquina puesto que, la planta del edificio, era poligonal. Me costaba entender por quƩ en los escasos metros que habƭa de un sitio a otro tardƔbamos tanto. Es cierto que habƭa mucha gente y que mi madre se paraba con unas y otras y brevemente se preguntaban por la salud, por sus padres, por sus hermanos Se ponƭan al dƭa en cinco interminables minutos en los que, amƩn de la pesadez que suponƭa para un jovenzuelo de 16 aƱos esa actividad matutina, me transmitƭan una tediosa familiaridad entre las dos charlatanas. Una escena que, como digo, se repetƭa varias veces en el camino de puesto a puesto.

De la carne al pescado, una manjar que no me entraba por el ojo y que me daba cierto asco. «Mira que frescas, ”si estÔn vivas!», decía la pescadera mientras mostraba las agallas del bicho a mi madre. Y del pescado a la fruta. «Saca el pescado, mete la fruta y vuelves a poner el pescado arriba para que no se espachurre», decía mi madre. El caso es que ni la fruta ni la verdura cabían ya en aquel carro y tenía que cargar con aquellas bolsas en la mano de vuelta a Vista Alegre. Pero antes una última parada en el 'tío de las especias'. Un poquito de azafrÔn 'Carmencita' (una cajita minúscula con unos hilos mÔs tiesos que juncos), colorante, tomillo y alguna cosa mÔs que no recuerdo. No, perejil no. Ya nos dio el bueno de Antonio 'el carnicero'.

Hoy recuerdo con añoranza aquel mercado, vivo, pletórico, radiante, donde costaba moverse entre el gentío. Gente que se conocían de toda la vida, como si fuese familia. Lugar de encuentro y de reencuentros, de aquellos que hacía tiempo que se marcharon del pueblo y si volvían de vacaciones, les gustaba ir a la plaza que añoraban en Madrid o en Barcelona porque los supermercados, hipermercados y grandes superficies ya se habían impuesto.

La plaza, mi plaza. Me apena que desaparezca. Sí, que desaparezca, porque morir no morirÔ. El rumor constante que inundaba aquel espacio, el voceo de los vendedores en sus puestos, el olor a huerta y a mar. Los encuentros, las esquelas en la puerta, el solo y la copa de Fundador o del Mono, mi plaza. Mi plaza de Úbeda podrÔ desaparecer, pero morir no morirÔ mientras quien estas líneas escribe aún respire.

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Reporta un error

[]

La plaza

[]

La plaza