El olor de los libros
Aún recuerdo lo mucho que disfrutaba con el olor de esos libros de suaves e impolutas páginas que había comprado en la librería Sagrado Corazón o en la imprenta de Bellón
Francisco Javier Ruiz Ramos
Domingo, 11 de septiembre 2016, 16:00
Llevaba tiempo preparándome para ese día y ya, por fin, estaba todo listo. La cartera estaba repleta y cargada con los libros que había heredado ... de mi amigo y vecino Antonio, el de la Dolores, que a su vez había recogido el año antes de Jesús Cobo. Los tres formábamos parte de esa cuadrilla que, cada mañana, emprendíamos nuestro camino de Vista Alegre a la Safa para ir a la escuela. Eran otros tiempos, está claro. Hoy resulta impensable que niños con esa edad crucen solos toda la ciudad para ir al colegio. Porque lo cierto es que era un trecho largo y, al contrario que Toli, Luismi, José Manuel y Mari que iban a la Trinidad, nuestro recorrido era mucho más largo.
Desde comienzos de septiembre, como digo, todo lo había ido preparando con esmero e ilusión. Los libros que me dejaba Antonio, ya habían sido examinados detenidamente y los picos de las hojas, doblados por el uso, debidamente estirados y vueltos a forrar como me había enseñado mi hermano Manolo en un intento de dejarlos como nuevos. Tachaba el nombre de mi predecesor y ponía el mío esmerándome en hacer una bonita letra. Sin duda y tras aquel tratamiento, nuevos y maravillosos me parecían. El de color verde de Naturaleza, el azul de Sociedad, el de Matemáticas, el de Lengua, el de Religión Casi siempre había que comprar alguno nuevo en la librería, algo que no hacía mucha gracia a mi madre puesto que se incrementaba el gasto y la carga sobre una casa con cuatro hijos, a los que había que equipar con ropas, calzado y material escolar, y que se sustentaba sobre el único sueldo de un camionero.
Los libros que más me gustaban eran los de lengua, aquellos que se llamaban 'Senda' y donde se narraban las historias de Pandora, Clavileño o de aquellos niños que iban en una maravillosa furgoneta con modernas y extravagantes antenas en su techo viviendo formidables aventuras. Libros heredados y algún libro nuevo. Mmmmm. Aún recuerdo lo mucho que disfrutaba con el olor de esos libros de suaves e impolutas páginas que había comprado en la librería Sagrado Corazón o en la imprenta de Bellón. Lápices, rotuladores, bolígrafos -uno azul y otro rojo-, goma de borrar... Algunas cosas las tenía que aprovechar de mis hermanos mayores como aquel tiralíneas, puesto que los Rotring eran un lujo, con el que debía de hacer dibujos de mayores que me enseñaría un exigente don José Luis, 'el Chino'.
A mis maestros los recuerdo con mucho cariño y admiración: doña Ana, don Manuel, don Juan Ramón, don Pedro, don Santiago, don Julio, don José Luis ¡Cuántas historias y cuántos recuerdos! Cuánta ilusión cada quince de septiembre por volver a la escuela, por ver a mis compañeros y amigos, por sentarme en aquellos viejos pupitres de madera en los que aún perduraban los nombres de quienes me precedieron, por jugar a fútbol o a baloncesto en aquellos campos repletos de niños que durante el recreo compraban sus tortas y ochíos ayudando a los de octavo a financiar su tan ansiado viaje de estudios.
Sí. Sin duda el mes de septiembre era, al menos para mí, una nueva y esperada primavera que año tras año llegaba puntualmente para hacerme sentir algo mayor, para reencontrarme con mis viejos amigos y continuar nuevamente el viaje que emprendimos con seis años y que nos mantendría juntos hasta los catorce.
Sigo disfrutando de este ritual, hoy con mi hija, cuando compramos los materiales y cuando he de forrarle los nuevos libros. Como antaño, paso sus hojas rápidamente con la nariz pegada para transportarme, de esta forma, a mi niñez.
Hoy toca como antaño irse a dormir pronto y dormir si los nervios lo permiten, porque muchas veces a mí no me dejaban. Pero valía la pena.
Feliz vuelta al colegio a todos.
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