Seis bandas ubetenses dieron nivel y buen rollo al primer Festival Mapuche

Actuación de Guadalupe Plata, ya en formato dúo, en La Tetería./ROMÁN
Actuación de Guadalupe Plata, ya en formato dúo, en La Tetería. / ROMÁN

Actuaron Los Tsunamis, Guadalupe Plata, Los Ataúdes, Motoretta, Los Malignos y Santo Custodio

ALBERTO ROMÁNÚbeda

Existe en Úbeda un ambientillo de bandas, conciertos y garitos, nada despreciable y que podría medirse con el de muchas grandes ciudades que presumen de ello. Y no es algo nuevo, sino que viene de largo gracias a ciertos circuitos que animan a escuchar música (si es en directo, mejor), pero también a hacerla. Considerado, a veces, como algo alternativo o subterráneo, lo cierto es que este rollo musical ubetense tiene un gran tirón y goza actualmente de muy buena salud.

Así quedó de manifiesto el sábado durante un invento llamado Festival Mapuche 'aporijado' por Café Número 31 y La Tetería, dos de los locales que más apuestan por la música en vivo. Seis bandas del terreno pasaron por sendos escenarios, cuatro por la tarde en el privilegiado emplazamiento de la plaza Primero de Mayo y dos por la noche en el emblemático de la Cruz de Hierro, dando lugar a varias horas de concierto.

La respuesta del público fue total, tanto que las entradas disponibles se agotaron con mucho tiempo de antelación. No era para menos teniendo en cuenta las bandas que conformaban el cartel, alguna de ellas 'resucitada' para la ocasión. Y no deja de ser curioso que en la mayoría de los casos compartieran algún integrante con otro grupo, lo que deja de manifiesto la inquietud musical que existe en estos ambientes, y también la camaradería. Once músicos dieron forma a seis propuestas.

Comenzó la tarde en el Número 31 con Los Tsunamis y su mezcla de rock instrumental de los 50 y surf de los primeros 60, aderezada con guiños a subgéneros como el western, space surf o terror surf. Nada mejor para entrar en calor que este cóctel servido bien fresquito por Arturo, Jd Baker, Valen, Carlos Cebrián y Matías.

Después fue el turno de Los Ataúdes, quienes apuestan por lo básico: guitarra y voz y batería. Son, respectivamente, Javi ChotaCabra y Jimena LadelCid, que es a lo que juegan ser Javi Sánchez y Carlos Jimena (muy culpable de este Mapuche). No se encasillan en un estilo concreto y definen lo suyo como 'trova & roll'. Se podría decir que beben del costumbrismo más cercano, aunque más bien le dan un lingotazo.

Como reaparición especial se contó posteriormente con Los Malignos, desempolvando su combinación de rock, surf y rhythm and blues gracias a la reunificación para la ocasión de Perico, Sito, Iván y Matías (primer doblete de la jornada). El público supo paladear esta nueva oportunidad de verles en su salsa.

Y cerrando la sesión de tarde llegaron Motoretta, o lo que es lo mismo, Javi, Arturo y Sito (en los tres casos pisando el escenario por segunda vez). Su música es una mezcla de punk, hardcore y power pop, todo ello con un carácter muy lúdico-festivo. Molan un montón.

Tras las cañas de rigor por los alrededores, la peña se trasladó al bendito-maldito sótano de La Tetería para gozar en primer lugar con Guadalupe Plata y su regreso a los orígenes en formato dúo tras la marcha de Paco Luis, quien ha decidido colgar el bajo-barreño y el hábito (el hábito de tocar, claro) para centrarse en su profesión de artesano de la madera. Ha cambiado el arte-sonado a través de su bajo por el artesonado mudéjar (chiste malo). Guardando su ausencia, Perico y Carlos, que en ese momento ya hacían doblete dentro del Festival Mapuche, escarbaron a pico y pala para llegar hasta las raíces más profundas del rhythm and blues.

Y la fiesta terminó con Santo Custodio, formación relativamente reciente aunque suena a añejo, y en la que militan Felipe Huerta, Jd Baker y Valen. Estos dos últimos cerraron el círculo al clausurar un festival que habían abierto horas antes con Los Tsunamis. En este caso hilaron una miscelánea de estilos, pues lo mismo suenan a blues con influencias de los 50 que juegan con el mambo, la cumbia e incluso el flamenco.

Qué lujo vivir en un lugar capaz de inventar cosas como este Mapuche y hacerlas funcionar a base de buen rollo y compañerismo. Y lo mejor, que todo parezca tan fácil como reunir a un grupo de amigos con la única intención de pasarlo bien. Larga vida.